En esa cosa que llamamos cuarta revolución industrial, hay un fulcro esencial, el engranaje maestro que hará girar todo lo demás: la nube. Esto es, la computación intangible, flotante, eternamente accesible, infinitamente memoriosa. La gestión de esa nube la lidera, y no tiene pinta de que vaya a cambiar tal liderazgo, Amazon Web Services, una rama de esa hidra de mil cabezas que es la compañía de Seattle que, poco a poco, se va convirtiendo en la más valiosa de sus apuestas.
El pasado mes de noviembre me pasé una semana en Las Vegas. Nada de sexo, drogas y rock and roll. Nube, solo nube.
Las Vegas, por una razón que se escapa de mi razonamiento, es la ciudad que Amazon Web Services (AWS) elige cada año para demostrar el músculo de sus servicios on cloud y reunir a sus principales clientes en un gran evento. Supongo que es por la fiesta, la propia que monta Amazon —donde hay d-e-t-o-d-o, desde castillos de goma con dinosaurios hasta deportes inventados que recuerdan a Fortnite, y un interminable carrusel de comidas y bebidas— y la que uno se puede encontrar en la capital del vicio.
En caso es que en Las Vegas se subieron a los escenarios algunos de los clientes más ilustres de esos miles y miles con los que cuenta AWS. De vez en cuando, en las conferencias principales, se nos ilustraba en pantallazos los logotipos de los centenares de marcas que eligen estos servicios; la inmensa mayoría de esos logos forman parte del subconsciente colectivo: Nike, Disney, Netflix, Coca-Cola… Y fue entonces cuando me atenazó la reflexión de fondo que luego les planteé a los ponentes de Amazon que pude entrevistar. Allí solo se veía a los líderes, de todos los sectores imaginables, sí. Pero a los líderes. ¿Qué pasa con los demás?
Los demás, según nos dicen instituciones como el Banco Mundial o citas esenciales como el Foro Económico Mundial de Davos, son dos tercios de la economía que se pueden reducir en una palabra: pyme. Es decir, los profesionales y autónomos que, seguramente, nunca tendrán un logo que se reconozca más allá de su barrio. Esos en el evento de AWS no estaban por ninguna parte, por más que su CTO, el mediático Werner Vogels, nos hable en su serie de cómo los agricultores míseros de Yakarta están cambiando su suerte con el blockchain. Solo tres anuncios de las docenas que presentó AWS en su gran evento llevaban la etiqueta: no hace falta conocimientos de inteligencia artificial para poder emplearlos.
Es verdad que el dinero ya no es el factor diferencial. No paramos de fliparnos —recuerden mi anterior columna— con multimillonarios veinteañeros que surgen de la nada con una start-up en el rincón más insospechado del mundo y un modelo de negocio que a nadie se le había pasado por la cabeza. El conocimiento es la divisa más valiosa en esta nueva era digital. La capacidad de educarse y aprender cosas. Y es cierto que esta es más accesible y democrática que nunca. Internet provee, legal e ilegalmente, de las herramientas para alcanzar la maestría en cualquier disciplina.
Pero al mismo tiempo esa verdad encubre otra. Que hay una divisa subterránea al conocimiento que es la del tiempo, el tiempo disponible para que uno se forme y se convierta en un maestro de la disciplina que lo hará triunfar. Esto, en el mundo digital, es clave.
Uno puede aprender cualquier lenguaje de programación sin pasar por una escuela; es posible. Pero le tiene que dedicar ingentes cantidades de tiempo. ¿Y quién se puede permitir tener esas ingentes cantidades de tiempo necesarias para adquirir el preciado conocimiento que le permita ser hablante fluido del vocabulario digital? Pues, salvo rocambolescas excepciones, el que tiene dinero.
Así las cosas, Davos fue claro en el diagnóstico. Hay que cambiar el foco de la innovación tecnológica, porque se vive el riesgo de generar una “realidad económica a dos velocidades”. El escalón insalvable entre el que tiene un dev ops y el que no lo tiene, entre el que sabe desplegar sus contenedores y el que solo entiende contenedor como sinónimo de depósito de basura. No es un asunto nada baladí.
Tener una economía de dos velocidades significa acrecentar aún más esa brecha social entre ricos y pobres que tanto se ha ensanchado en países como España por la crisis. Tener una economía de dos velocidades significa forjar un techo de cristal sobre dos tercios de la población mundial. Anular su esperanza de cambiar, de reinventarse, de crecer. Engrosar un nuevo proletariado crecientemente analfabeto en el único lenguaje que genera dinero, tiempo, oportunidades, bienestar…
Aquí creo que tienen que ponerse serios los Gobiernos, que la intervención estatal y el diálogo con las corporaciones para canalizarla es esencial. Empresas como AWS ya maquillan este agujero en su estrategia ofreciendo formación gratuita de tanto en tanto; pero el esfuerzo que debe hacerse es de una magnitud completamente distinta. El sastre que teje la nube, debe tejerla no con esos miles de compañías líderes en lo suyo como modelo, sino con el bar, estafeta o kiosko de la esquina. El desarrollo tecnológico mundial debe dejar de situar en el centro de la escena a los ricos, porque los ricos siempre estarán a la vanguardia; para eso son ricos, para gastar en mantenerse en la brecha. Esto es, Amazon —y Microsoft y Google— tienen que ocupar un rol central junto a los Gobiernos para elaborar un cajón de herramientas que haga de la nube un espacio realmente democrático.
No dejaba de decirse desde Las Vegas que la nube liberaba a todas las empresas de los engorros y devolvía a sus ingenieros la capacidad de centrarse en la innovación, en las ideas.
Si no queremos que esas ideas broten solo de una escasísima ración de cabezas, hay que cambiar ya la senda que lleva la nube. Nos jugamos el futuro en ello.







