martes 25, junio, 2024

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El Gadgetrón: Hail, Zuckerberg!

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Ángel Sucasas
Ángel Sucasas
Editor de Tecnología en el periódico EL PAÍS y colaborador en medios como The Objective y JotDown, Ángel Sucasas es un experto consolidado en analizar todas las tendencias actuales del universo puntocom. Amante de los videojuegos e impulsor de muchos de ellos, goza de una capacidad única para extraer y exponer al lector conclusiones sencillas y consejos accesibles sobre los complejos planteamientos en los que interactúa la sociedad con la tecnología. Actualmente compagina sus labores periodísticas y como escritor (ya ha publicado hasta tres novelas de ficción) con las de director narrativo de videojuegos en Tequila Works y como diseñador en Mercury Steam. Y sí, efectivamente: es un genio. Discreto y educado, pero genio a fin de cuentas.

Ha sido uno de los momentos más mágicos de la historia de Internet. El vídeo (falso) de Mark Zuckerberg reconociéndose como supervillano y afirmando que le debe toda su maldad a Spectre. No solo me (perdón) descojoné al verlo una y otra y otra y otra vez. Es que la cosa me hizo pensar. Mucho. Y por eso estamos aquí, entre las tuercas y clavijas con las que El Gadgetrón ensambla sus demenciales textos.

Spectre (realmente, SPECTRE) para quien no lo sepa, es un acrónimo de Ejecutivo Especial para Contraespionaje, Terrorismo, Venganza y Extorsión; una organización malvada de las novelas de James Bond que se ha convertido en una de las grandes corporaciones megavillanas de la historia de la cultura pop. Diría que solo la HYDRA de Marvel, con un Kraken como símbolo de sus muchos y pérfidos bravos, le puede hacer sombra.

Más o menos simultáneamente a este vídeo de Zuckerberg se anunció la extradición de Julian Assange, ese albino inventor del mayor trabajo periodístico de las últimas décadas, Wikileaks, que ha ido degradándose progresivamente en lo mediático, físico y, parece, mental. Entre Assange y Zuckerberg se dibuja el panorama irreal, tremendamente complejo, ridículo hasta lo insólito, de la sociedad digital. Podríamos (deberíamos) meter a Trump también en la ecuación. Triunvirato. Sagrada trinidad de lo digital. Ya no me atrevo a repartir los roles, entre los tres, de Padre, Hijo y Espíritu Santo.

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Hay una frase que se ha hecho célebre muy reciente por el fenómeno que ha supuesto la serie Chernóbil ­—véanla, por Dios—. La dejó grabada en una cinta el científico Vladimir Legasov antes de suicidarse como protesta por las mentiras de la URSS respecto al desastre nuclear que casi (casi, casi, casi) se lleva por delante a media Europa. La frase dice así: Legasov: “El verdadero peligro es que si escuchamos las suficientes mentiras dejaremos de reconocer la verdad”.

La frase es maravillosa. Y falsa. Legasov nunca la pronunció. Es obra del creador, Craig Mazin. Solo ha sido dicha por su Legasov ruso que habla en inglés.

Pero suena (¡ay, cómo suena!) A verdad.

¿Adónde quiere llegar? Me imagino que se preguntará el ¿intrigado?/¿aburrido?/¿indiferente? lector. Quiero llegar a algún sitio, claro que sí, pero me cuesta porque este asunto es como esa fina y cambiante frontera que separa la mentira de la verdad. Sintiéndolo mucho, necesito otra cita, una que me encontré en un blog a tenor del libro del filósofo Slavoj Zizek, El espinoso sujeto. El centro ausente de la ontología política. Dentro en tres, dos, uno…

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“No obstante, me ha intrigado el problema del disfrute y lo Simbólico debido al problema aún mayor del declinar de la eficiencia simbólica […]. La idea es que hoy en día la fragmentación de significado está particularmente pronunciada. El mismo significante adquiere diversos significados en contextos diferentes. Lo que puede parecer una referencia autoritaria en un contexto, no tiene significado alguno en otro”. Me parece que esta señorita (o señora), Jodi Dean, autora también de muchos libros, da en el clavo como pocos y apuntala ese terror del que somos cada vez más conscientes. Por resumirlo a una frase: ¿Alguien sabe de lo que habla? En la aldea global de garrulos en que nos ha convertido Internet, ¿alguien sabe realmente lo que está diciendo? Sea malvado o bondadoso, sean sus motivos loables o pérfidos. ¿Alguien sabe lo que está diciendo? ¿Hola? ¿Hay alguien ahí?

Lovecraft definió el horror cósmico como ese vértigo inhumano a ser consciente de que todos nuestros problemas (personales y colectivos) son una mota en el Universo, que podría desaparecer en cualquier momento por cualquier razón cósmica sobre la que tenemos tanta capacidad de reacción como la hormiga ante la suela de nuestro zapato. La novedad del siglo XXI es que ese vértigo empieza a sentirse hacia otro cosmos que hemos creado nosotros mismos: Internet. La casa de las mentiras; o, peor aún, de las medias verdades.

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Cada vez cuesta más distinguir la verdad de la mentira. Cada vez el oficio del periodista, del opinador, está sustentado por cimientos más débiles porque el sistema precariza, precariza y precariza y aniquila cualquier posibilidad de rebelión desde la inteligencia. Y, cada vez, como pasa en ese vídeo de Zuckerberg con el que arranco, los hechos se entremezclan cada vez más con las ficciones. Es como la plastilina que tanto le gusta manosear a mi hijo (tres años). Empieza siendo una masa de color definido; pero, al juntarse, acaba perdiendo cualquier identidad de forma o color. Se convierte en una nada simbólica; o, como decía, Jodi, en un significante de infinitos significados.

Así que puede que sí, puede que Zuckerberg realmente sea un siervo de Spectre decidido a destruir a la humanidad a través de su Facebook. ¿Quién podría negarlo? ¿Quién podría demostrar, sin asomo de la menor duda, que no es así? Y, sin embargo, queda una chispa de esperanza en la frase (falsa) de Legasov:

“Todas las mentiras que contamos incurren en una deuda a la verdad. Más tarde o más temprano, esa deuda se paga”. 

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