Ahora, los niños de doce años quieren ser futbolistas, actores o médicos, pero el pequeño Archer Milton Worsham, hace ya más de cien años, lo tenía claro: él quería vivir dentro de un museo. Y no en un museo cualquiera: Quería vivir en su propio museo, un espacio que estuviera lleno de objetos seleccionados por él mismo.
Archer había descubierto su vocación después de un viaje por Europa en el que había visitado la National Gallery de Londres y el Louvre de París.
Después de la visita a la galería londinense, el pequeño Archer anotó en su diario que había pasado la noche sin dormir, releyendo una y otra vez el catálogo.
“No puedo imaginar mejor sitio en el mundo que un museo”, escribió.
De este modo, con los discretos medios de un preadolescente de 12 años, Archer comenzó a coleccionar recortes de prensa, con los que hizo una pequeña exhibición para familiares y amigos dos años después.
Era un inicio modesto y, ciertamente, entrañable. Los familiares celebraron el empeño y la dedicación de Archer, con la esperanza de que aquel capricho de adolescente no fuera más allá de aquella modesta colección de periódicos. Pero a Archer, sin embargo, aquella exposición le pareció insuficiente.
Cuando Archer Milton recortaba prensa
El mismo año en el que Archer juntó unos recortes de prensa y los expuso en la casa familiar, su madre contrajo matrimonio con el magnate Collis P. Huntington, quien no solo adoptó a Archer como si fuera su propio hijo, sino que le ofreció su capital para que cumpliera sus aspiraciones.
Es probable que otros adolescentes hubieran malgastado la fortuna del padrastro en antojos inservibles, pero Archer Huntington se dedicó a estudiar y a coleccionar libros.
A los 20 años de edad, su biblioteca contaba ya con 2.000 volúmenes.

Era, además, un apasionado del idioma español, de modo que una buena parte de su colección lo formaban los clásicos de la literatura castellana. Piense en cualquier libro destacado de nuestro idioma… Archer lo tenía en su biblioteca. Pero no una impresión cualquiera… Archer solo tenía primeras ediciones e incunables.
De la primera tirada de El Quijote poseía varios ejemplares. De La Celestina, adquirió el único ejemplar conservado de la primera edición.
Se dice, incluso, que ofreció un cheque en blanco por el manuscrito del Cantar de Mio Cid, pero que, inexplicablemente, el dueño lo rechazó. Se trataba de un político español, por lo que la negativa resulta aún más sorprendente.
Poco a poco, Huntington fue ampliando su colección de obras españolas. Y de los libros, pasó a esculturas y cuadros. Archer comenzó a coleccionar lienzos de Velázquez, Murillo, Zurbarán o Goya con la misma devoción con la que, siendo un adolescente, había coleccionado recortes de periódicos.
A los 30 años de edad, compró un terreno entre las calles 155 y 156, en el norte de Manhattan y allí levantó por fin su propio museo, la Hispanic Society of America.
Si alguna vez viaja a Nueva York, no dude en visitarla. La colección de libros y cuadros es magnífica y el edificio, con cierto aire decadente, resulta espectacular. Y todo aquello comenzó, recuerde, con el empeño de un niño de 12 años que lo único que deseaba era vivir dentro de un museo.






