Existe una declarada fobia al coche por parte de muchos responsables políticos que aspiran a un mundo feliz, donde no existan los repartos, las asistencias hospitalarias ni la movilidad entre particulares. Amsterdam, Copenhage, Oslo como paradigmas de un urbanismo silencioso, ecológico y muy verde. Por eso, se pone en el punto de mira de todos males el vehículo a motor; o lo que se llama una obsesión del ciudadano por desplazarse libremente y a sus anchas.
Con el argumento de lo medioambiental, agravado por el peligro real de los yihadistas que hacen uso del terror, se han adoptado iniciativas tan peregrinas como estrangular arterias en las capitales barcelonesa o madrileña, o dirigir en un sentido el paso peatonal de los viandantes por dos calles principales cerca de la emblemática Puerta del Sol.
Parece que en estos tiempos si no montas en bici eres lo más parecido a un criminal y si tienes el carné de conducir tienes un futuro más negro ya de por sí que el del fumador. El coche, responsable de los males del infierno, y como víctima propiciatoria de políticas municipales que desde una óptica antiliberal, han encontrado en la cruzada circulatoria su única razón de ser.
Pero a la postre la falta de una concepción integral de ciudad, el inventarse bordillos imposibles o carriles bici de la noche a la mañana, solo creará desconsuelo y frustración.
Porque sin aparcamientos disuasorios a las puertas de las ciudades o una ordenada regulación del transporte público, incluidos los taxis, todo quedará en un quiero y no puedo voluntarista, en un zarpazo cutre a las pretensiones de un hombre del XIX cada vez más inquieto.
Nunca se han matado moscas a cañonazos ni se han resuelto los problemas de convivencia por una orden gubernativa, en especial si no se consulta con los afectados, incluidos comerciantes y vecinos. Muchos de los dirigentes municipales que tienen al coche como bestia negra, no saben lo que es un autentico referéndum, no han ganado las elecciones pero interpretan la democracia parlamentaria como el voto que les permite apretar el botón rojo de su intolerante manera de entender la vida y las relaciones entre ciudadanos.
Mientras tanto, han encontrado en el coche oficial el recurso para no ir en metro ni caerse de la bici.







