viernes 19, julio, 2024

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El Gadgetrón: La vuelta al mundo en 80 clics

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Ángel Sucasas
Ángel Sucasas
Editor de Tecnología en el periódico EL PAÍS y colaborador en medios como The Objective y JotDown, Ángel Sucasas es un experto consolidado en analizar todas las tendencias actuales del universo puntocom. Amante de los videojuegos e impulsor de muchos de ellos, goza de una capacidad única para extraer y exponer al lector conclusiones sencillas y consejos accesibles sobre los complejos planteamientos en los que interactúa la sociedad con la tecnología. Actualmente compagina sus labores periodísticas y como escritor (ya ha publicado hasta tres novelas de ficción) con las de director narrativo de videojuegos en Tequila Works y como diseñador en Mercury Steam. Y sí, efectivamente: es un genio. Discreto y educado, pero genio a fin de cuentas.

Cuando le vendí al buen Juan [Juan Arús, director de Fleet People] de qué iba la crónica de este número, le dije, textualmente, por un wasap, que iría de “80 webs curiosas con las que pasar el tiempo”.

 

Claro que todo lo que uno dice es, según el dicho, lo que lo hace “esclavo de sus palabras”. Luego de haberlo propuesto, y de gustarme tanto el titular, me vi, como nos suele ocurrir a los columnistas (y da para título de mala-película), Atrapado por mi pitch.

 

¿No sería un coñazo para ustedes leerse una narrativa que atraviesa, en poco más de mil palabras, 80 webs de cabo a rabo?

 

¿No podría ser mis 80 como una cuenta atrás de John McLane, de las que duran todo menos lo que ponen los números? Llegué a pensar en hacerles incluso un listín de esas 80, con su hipervínculo, para que ustedes pudieran visitarlas a la vez que yo.

 

 

 

https://www.youtube.com/watch?v=YuGSG1koWNM

 

 

 

Pero luego pensé que lo que quiero, fundamentalmente, es hacerles reír. Y, si se tercia, pensar.

 

Así que lo vamos a hacer más fácil. Vamos a dar la vuelta al mundo y yo voy a parar cuando lleve exactamente 80 clics.

 

¿Dónde vamos a arrancar? En Google. Y ya que tiro yo porque me toca y la regla, recuerden, es dar la vuelta al mundo, voy a arrancar por la ciudad en la que vivo.

 

Así que visualicen, buscador de Google, con su azul, rojo, amarillo, azul, verde rojo.

Tecleo…

 

“Comer cosas raras en Madrid”.

 

¡Pam! “Los 10 restaurantes más raros de Madrid”, de un blog llamado el Viajero Fisgón. Clico para entrar (ya llevamos dos de los 80) y me detengo a brujulear por allí. 3,9 de puntuación de 19 votos. Venga, vamos a cascarle un 5 al Viajero Fisgón y así, además de darle la alegría, me quito otro clic de por medio.

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Y caen otros cinco clics porque mira que me encuentro cosas raras. ¡Y es la primera parada de la vuelta al mundo! Resulta que en el restaurante Ojalá —calle San Andrés, 1, abierto de 10.00 a 23.00 de lunes a domingo— está concebido como una playa.

 

Déjenme que lo explique bien, como una playa. Literalmente, el suelo del local es… arena. Me pregunto yo cuál será el protocolo de higiene de una arena estancada bajo techo.

 

Otros dos de los raros, Zodiac y Terrorificus, te enfrentan a un espectáculo de rol en vivo, uno de crímenes y otro de horror, mientras comes.

 

En IceBar Madrid la temperatura puede llegar a los ocho bajo cero y al parecer su decoración, gélida, evidentemente, está esculpida con agua de Canadá. ¡Toma ya!

 

El último de los raros que destaco es Castafiore, porque me toca fibra sensible (uno de mis tebeos favoritos de Tintín) y la cosa va de lo que promete. Que te canten mientras comes. No sé si llegará la cosa a que la copa se te rompa en la mano, como la Castafiore era más que capaz de lograr. Pero brujuleando la web (y llevo ya mínimo una docena de clics, camaradas), se anuncia un prometedor En pocos días vuelven… la música y la alegría. Calle Monasterio 5, Madrid.

 

 

 

https://www.youtube.com/watch?v=dG0m0dLcv60

 

 

 

 

Vamos a dar un salto grande, grande. A Oceanía. Y me voy a permitir buscar una burrada, a ver qué pasa. Ustedes se imaginarán que lo tengo todo preparado, como los buenos ilusionistas. Pero, literalmente, escribo, como definía Stephen King, de brújula y no de mapa. Voy clicando, riéndome y contándoles lo que veo. Búsqueda en Google: Riding kangaroos (cabalgar canguros).

 

Me paro en lo más fácil. Las Preguntas y Respuestas de Google. Y es una parada radical. Pego un extracto literal de lo que me encuentro.

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“¿Es posible cabalgar un canguro?”.

 

“Sí y no. Hay escuelas de cabalgar, como la Escuela de Monta de Canguros de Alex Hayek y clubs para que la gente aprenda a montar.”

 

Puede que sea una broma del articulista (espero). Pero no me puedo resistir.

 

Próxima parada en Google: Alex Hayek’s Kangaroo Riding School.

 

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Entro…

 

Solo hay una publicación.

 

Es del 3 de agosto del 2013. Se lee: “10 de nuestros mejores jinetes competirán en el torneo de salto y acrobacias. Dos horas de la más fantástica monta de canguros que la ciudad tiene que ofrecer”. Por cierto, la ciudad me lleva a otro continente. Dice: Los Ángeles. Tres personas mostraron interés en la publicación. Una dijo que asistiría.

 

Ahí lo dejamos.

 

Después de esta locura, vamos a relajarnos. Vamos a pensar en flores. Y las flores me llevan a… China, por ejemplo. Vamos a ver qué nos podemos encontrar en el bello arte de los arreglos florales. En ChinaCulture.org me encuentro con el siguiente párrafo, que creo de bello reseñar: “El origen del arte de los arreglos florales nace del amor de la gente por las flores. Algunos creen que los arreglos florales tienen el poder de crear una atmósfera para una mejor realidad y una vida más brillante”.

 

 

 

El Gadgetrón: La vuelta al mundo en 80 clics

 

 

 

 

De su lectura —cinco páginas que al menos a mí, que soy onmnívoro cultural donde los haya, me fascinan— aprendo que los arreglos florales llevan en China un par de milenios, que hay cuatro tipos básicos de arreglos florales —de realce de línea y tres tipos de bouquet: masivos y planos y geométricos— y que las cualidades más deseables para el color de una maceta surgen cuando este evoca “cuando un puro rojo-violeta, un azul turquesa, un verde jade, o cualquier otra maceta de color semejante son usados para contener flores de colores adyacentes”.

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Todo esto he aprendido yo y ahora, también, usted. ¿Es lo bonito, no?

 

Volvamos a Google, que se nos vuela el tiempo. Y entramos en Dublín, sanctasanctórum de buena parte de la gran literatura.

 

¿Qué busco? Pues proponerles un tour literario, claro está. Lo típico sería Joyce, pero trato de ser un poquito menos típico.

 

Así que les propongo Yeats, el poeta sin parangón. La cosa parte en un viaje en tren desde Dublín a Sligo, la ciudad natal del escritor. Allí visitaremos Lisadell House, cerrada, como tantas otras cosas, por la pandemia. De todo lo que he visto viajando por su web oficial, me quedo con lo de poder disfrutar allí, donde tal vez floten aún pensamientos del viejo Yeats, con poder tomar el té y un dulce acompañamiento acorde en tan sagrado lugar para los que amamos la palabra.

 

El resto del tour incluye visita al camposanto, el cementerio de Drumcliffe, a la isla Innisfree, donde los cinéfilos recordarán que John Wayne se pegó una buena somanta como colofón a El hombre tranquilo, y culmina con una visita al Abbey Theatre, el teatro nacional de Irlanda fundado por el propio Yeats allá en 1904.

 

Y con esto se me acaban las palabras para ustedes, porque lo que es seguro con el tiempo, y con la vida, es que se acaba, aunque sepan a eternos mientras duran.

 

Pero les dejo con una última búsqueda con la que imaginemos que llego a ese ansiado clic número 80. ¿En algún lugar de este ancho y largo mundo, se puede comprar un fantasma?

 

San Google dice que se puede.

 

Y que otros, antes de nosotros, locos feroces, lo han intentado.

 

 

 

 

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