La ola proteccionista de Trump amenaza al automóvil global: ¿Cuáles son las consecuencias?

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Era Trump » La automoción quiere ver si las amenazas acaban en hechos, no en tuits.

¡Quiero que se construyan nuevas fábricas en EE UU para los coches que se venden aquí!”. Con estas palabras y a través de su canal preferido para comunicarse con el mundo, Twitter, el presidente estadounidense Donald Trump preparaba el terreno para la reunión que, unas horas después, celebraría con los principales ejecutivos de los tres grandes fabricantes de automóviles de su país: Ford, General Motors y Fiat-Chrysler.

Ésta tenía lugar el pasado 24 de enero, tras apenas cuatro días ocupando el despacho oval, y alguna semana después de que el propio Trump amenazase a los fabricantes nacionales y extranjeros con aranceles de hasta el 35% para la importación de coches si estos no eran fabricados en el país.

La aparente preocupación del 45º presidente estadounidense por la industria del motor no responde a la casualidad. Esta representa el 3,5% del PIB estadounidense, y da empleo de forma directa e indirecta a cerca de un millón de personas.

Entre los tres grandes fabricantes del país venden cerca de ocho millones de automóviles al año e ingresan más de 400.000 millones de dólares en cada ejercicio. Todo ello después de tener que ser rescatadas hace menos de 10 años. El motor, por su impacto económico y social, es un buen elemento con el que hacer política y crear polémica.

Lo que parece preocuparle a Trump es el hecho de que los fabricantes de su país trasladen producción a otros territorios para reducir sus costes. México, en la diana del histriónico mandatario desde que se postulase a presidente, ha sido el principal señalado, dado que el acuerdo de libre comercio de América del norte (Nafta) permite a las marcas fabricar allí más barato y vender esos automóviles en EE UU sin aranceles a su importación. Como explica el socio responsable de automoción de la consultora KPMG, Francisco Roger, “desde hace años, los fabricantes se han ido a otros países en busca de sitios más eficientes para producir. El de la automoción es de los sectores industriales más deslocalizados que hay”. Pero, ¿la inquietud de Trump se corresponde con los datos?

Un valor descomunal

En 2016, los concesionarios estadounidenses entregaron 18,43 millones de automóviles, según los datos de Motor Intelligence, un nuevo récord anual. De esa cantidad, 13,89 millones, es decir, el 79%, estaban fabricados en EE UU, mientras que el 21% restante eran importados.

Trump

En 2015, último ejercicio con datos cerrados y completos, las plantas de producción instaladas en EE UU fabricaron más de 12 millones de vehículos, siendo el segundo país con mayor actividad, solo superado por China. De ellos, 2,6 millones se exportaron, por un valor cercano a 65.000 millones de dólares. Es decir, el 80% de los automóviles fabricados en EE UU permanecieron allí para su venta.

Es la tendencia contraria de lo que sucede, por ejemplo, en España, donde el 84% de los automóviles que se fabricaron el año pasado acabaron saliendo a otros mercados, incluido el estadounidense.

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El mercado del automóvil EEUU, por tanto, no está invadido por coches fabricados en el extranjero.

La primera marca que abrió una fábrica en ese país fue Honda, en 1982. En la actualidad, además del fabricante japonés y los tres grandes estadounidenses, Toyota, Nissan, Hyundai, Kia, BMW, Mercedes-Benz, Mazda, Mitsubishi, Subaru, Volkswagen y Tesla tienen fábricas en EE UU.

Por ejemplo,  los fabricantes alemanes han multiplicado por cuatro su producción allí en los últimos siete años, alcanzando 850.000 unidades, y dan trabajo a 33.000 personas.

El problema de aquella industria es que, aunque los coches importados sean minoría, siguen superando los que EE UU consigue exportar, los cuales, además, son más caros de fabricar, lo que genera un buen agujero en su balanza comercial. En 2015 arrojó un déficit de 200.000 millones de dólares solo en este sector. El déficit comercial con los fabricantes japoneses llegó a 60.000 millones de dólares en 2015, pese a que estos fabricaron en EEUU casi cuatro millones de coches.

Con México, el déficit comercial fue de 52.000 millones de dólares, y con Canadá, 7.000 millones. Pese a todo, las exportaciones crecen cada año, y sus grandes marcas tienen fábricas en los mercados de todo el mundo, donde se adaptan a los gustos de cada uno. Fabricar la versión compacta del Chevrolet Cruze en EEUU, como ha pedido Trump pese a casi no venderse allí, sería poco menos que contraproducente.

Prácticas desaconsejables

Pero con esos datos en la mano, Trump parece decidido a fulminar los acuerdos de libre comercio con México y Japón. Un triunfo del proteccionismo, algo que, para el experto de KPMG Francisco Roger, no suele salir bien.

Trump

“Ir en contra de la circulación de bienes y de mercancías lleva a un mayor proteccionismo y a un deterioro rápido de esa industria. Si se fabrica en México es porque es más barato. Si llevas esa producción a EE UU, la mano de obra es más cara, el precio subirá, y el que lo pagará será el cliente. Y a este no le puedes obligar a comprar coches hechos solo en EE UU”, explica.

“Además, en un sector protegido, las empresas no tienen necesidad de ser más eficientes, o de apostar por la I+D, en tanto están resguardados y no tienen competencia”, añade Roger, para quien la consolidación de las políticas que Trump amenaza con llevar a cabo serían una pérdida global, aunque la principal perjudicada sería México, que es el séptimo fabricante mundial. En 2016, produjo 3,46 millones de vehículos ligeros, un récord mundial.

TrumpLa exportación también alcanzó cotas inéditas, llegando a 2,76 millones de automóviles, el 80% de la producción. Y de esa cifra de venta al exterior, el 77% tuvo destino EEUU, y el 8,9%, a Canadá.

La hipotética cancelación del Nafta sería un serio problema para la industria mexicana.

Como insiste Francisco Roger, todavía está por ver el cariz real que toma la política de la administración Trump con la industria del motor.

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Por lo pronto, sus primeros avisos provocaron las primeras reacciones. Ford anunció a mediados de enero una inversión de 700 millones de dólares en cuatro años en su fábrica de Flat Rock, en Michigan para empezar a producir modelos eléctricos, lo que creará 700 nuevos puestos de trabajo. A cambio, la compañía del óvalo canceló un plan de inversiones de 1.600 millones en San Luis Potosí. Casi al mismo tiempo, General Motors anunciaba una inversión de 1.000 millones de dólares en sus fábricas estadounidenses, y el traslado de la producción de ejes para sus camionetas de México a EE UU, generando 450 empleos adicionales.

Toyota, la marca extranjera que más vende en EE UU, ampliará la capacidad de su fábrica de Indiana en 40.000 coches adicionales, para lo que requerirá 400 empleos más y una inversión de 600 millones de dólares. Incluso las negociaciones entre General Motors y PSA para la adquisición de las operaciones europeas de la primera pueden interpretarse en este nuevo contexto.

Trump

Además, las reacciones de los ejecutivos ante las bravatas de Trump no han sido muy críticas: “Estamos emocionados de poder trabajar junto al presidente y su administración en políticas fiscales, legislación y comercio para crear una verdadera resurrección de la industria americana”, dijo el CEO de Ford, Mark Fields, tras la reunión de enero.

Un mensaje de confianza y buenas intenciones, que debe encuadrarse en un momento en el que los jugadores de esta particular partida empiezan a mover sus cartas. “Son mensajes en clave política. Está todo por decidir, y creo que cualquier cosa se va a pensar más de una y dos veces antes de hacerse por las consecuencias que puedan tener”, dice Francisco Roger.

Agitando los cimientos

El aislamiento del segundo gran mercado del motor a nivel mundial provocaría un terremoto en una industria globalizada, con 750 fábricas repartidas en el mundo, a las que habría que añadir las de componentes. Algo a lo que Reino Unido también amenaza con apuntarse.

“Parece que nos tocan vivir los tiempos del proteccionismo. E insisto: no será bueno ni para las empresas, que elevarán sus costes, ni para los clientes, que serán los que tendrán que pagarlos vía precios”, añade el experto de KPMG, para quien los acuerdos comerciales “son buenos si están bien negociados. Pese a que todavía estaba por ver su impacto real, el fracaso del TTIP (el acuerdo de libre comercio entre EE UU y la Unión Europea) ha sido una oportunidad perdida”.

Tras poco tiempo en la presidencia, Donald Trump ya ha agitado los cimientos de la política comercial, exterior, de seguridad y de inmigración. Y por supuesto, de la industrial. En el caso de la automoción, está por ver si las amenazas llegan a  cumplirse. De momento, los fabricantes estadounidenses prefieren hacer gestos y calmar las aguas.

Ellos se juegan mucho, y por extensión, la industria mundial del automóvil.

Más información sobre el reportaje de la Era Trump:

https://fleetpeople.es/industria-espanola-motor-cautela-trump/

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