Celebrando en bucle

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Enrique García
Enrique Garcíahttps://cervantes.academia.edu/EnriqueGarc%C3%ADa
Periodista y filólogo, Enrique García ha sido profesor de Español en el Instituto Cervantes de Nueva York durante años, después de pasar por lugares tan dispares como Brasil, Italia o Polonia. Con bases en este momento a caballo entre Madrid y Mallorca, García aporta a Fleet People visiones bellas y cotidianas, pero sobre todo diferentes, de la ciudad de los rascacielos. En la sección EXTRA de la versión impresa, el automóvil es generalmente su punto de fuga habitual.

Uno diría que en Nueva York siempre se está celebrando algo. Pasadas las fiestas de Navidad, las tiendas ya están llenas de flores y corazones para conmemorar San Valentín.

Vivir en medio de una celebración continua resulta tan desconcertante como irresistible. Después del Día de los Enamorados vendrá San Patricio y, más tarde, el 5 de mayo. Y así durante todo el año hasta rematar con el festival de celebraciones que se concentra en los últimos meses. Sin apenas pausa para digerir la última fiesta, entre octubre y diciembre se suceden Halloween, el día de Acción de Gracias y la Navidad.

Precisamente, de entre todas las fiestas de Nueva York, quizá sea esta última la más emblemática. Las calles se llenan de luces y de árboles de Navidad. Aparecen mercadillos improvisados con abetos a la venta, de un tamaño ciertamente desproporcionado si consideramos las estrecheces de la mayoría de los apartamentos de Manhattan, en los que a duras penas llega a caber un sofá, una cama y un par de sillas.

Sea como fuere, los últimos días de diciembre son uno de esos momentos especiales en los que esta ciudad exagera su atractivo hasta transformarse en un enorme parque temático, tan empalagoso como cautivador.

Posiblemente, las atracciones más famosas de la Navidad neoyorkina se concentran en torno al Rockefeller Center. Uno de los iconos navideños de Nueva York es su pista de patinaje, mucho más pequeña de lo que uno podría imaginarse después de haberla visto en la televisión. Aunque permanece abierta desde octubre hasta abril, durante la Navidad las colas para acceder a ella son interminables. Inevitablemente, el atractivo no es únicamente la pista de hielo —demasiado abarrotada como para que nadie pueda intentar una simple pirueta—, sino el entorno, con el famoso Prometeo de oro recostado al pie del enorme árbol de Navidad que preside la plaza.

Nueva York


Da igual la época del año de la que se trate. En Nueva York siempre se está celebrando algo


La elección de este abeto no es una cuestión que se deje al azar: Cada año, un helicóptero sobrevuela los bosques más frondosos del estado hasta dar con el árbol perfecto. Puede medir hasta 30 metros, lo que lo convierte en un árbol gigantesco que, sin embargo, empequeñece en medio de las moles de cemento de Manhattan.

A la pista de patinaje y el árbol habría que añadir, además, el espectáculo navideño de las Rockettes en el Radio City Music Hall, justo a la vuelta de la esquina. Se trata de un grupo de bailarinas con una curiosa prueba de acceso: Ninguna puede medir más de 1,77 metros ni menos de 1,67. Las Rockettes ofrecen su show navideño desde hace casi 80 años y suponen, junto a la pista de patinaje y el árbol del Rockefeller Center, uno de los mejores ejemplos de la espectacularidad de la Navidad en Nueva York.

Hay otros rincones menos concurridos. Si alguna vez viene a Nueva York en Navidad y quiere escapar de la muchedumbre de la Quinta Avenida, visite el mercadillo de Union Square, donde podrá comprar todo tipo de artículos relacionados con estas fiestas. O Dyker Heights en Brooklyn, donde los vecinos llenan las fachadas de sus casas de luces de colores.

Lo que empezó como una tradición espontánea ha terminado siendo un lucrativo negocio, con tours guiados a precio de oro, pero esta evolución es inevitable en una sociedad acostumbrada a explotar cualquier idea que tenga alguna posibilidad de triunfo. Tanto el mercadillo de Union Sq como Dyker Heights son lugares muy populares, pero en ellos aún se adivina un aroma de fiesta de barrio que los hace entrañables.

De todos modos, asumámoslo: la Navidad en Nueva York, como cualquiera de sus celebraciones, es tan aparatosa, excesiva y rebosante como la propia ciudad.


Enrique García es periodista y profesor del Instituto Cervantes en Nueva York

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