Un taller de madrid diseña bicis a la medida absoluta del cliente. El orfebre ciclístico

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Andrés Arregui aparcó su licenciatura en Químicas y su futuro como saxofonista para centrarse en una pasión: fabricar cuadros de bicicletas. Hoy es uno de los más reputados artesanos del gremio

FOTOGRAFÍA: FERNANDO ARÚS

En realidad, Andrés Arregui (Madrid, 1977) iba para músico. Y hay una pequeña pista que lo permite intuir, en forma de póster del genial saxofonista John Coltrane, colgado en una parte poco visible de la pared de su taller. “Llevo tocando el saxo desde los 18 años, pero hacía una música muy rara que no le gustaba a nadie. Algo parecido al free jazz de los 60”, apunta Arregui en su taller de bicicletas, enclavado en pleno centro de Madrid. Como fuera que no veía claro el futuro jazzístico, Arregui se licenció en Químicas. Pero el runrún de su pasión auténtica, las dos ruedas, pudo con todo. “Siempre he arreglado mis bicis, como todos los niños, y cuanto más pasaba el tiempo más me daba cuenta de que esto era lo que quería hacer. Bicicletas”.

Dicho y hecho. En 2009, en plena tormenta económica, Arregui alquiló un espacio en la planta superior de lo que ahora es la tienda, situada a pie de calle, que gestiona su socio Eduardo (Ciclos Noviciado, Noviciado nº9).

Arregui percibió rápidamente que lo quería realmente era poseer el control total sobre el proceso de construcción de una bicicleta. Y para eso debía dominar la técnica de fabricación del cuadro, el corazón de las dos ruedas. “Montamos el taller de arriba, que es el origen de la tienda y empezamos a comprar herramientas, a llevar cada vez un poco más allá las modificaciones y las reparaciones”, asegura.

Comprender y conocer la técnica de producción artesana de un cuadro de bicicleta no fue fácil. “Leía libros norteamericanos que explicaban el funcionamiento, foros.. Y coges un soplete y te pones a jugar. Te encuentras que haces cosas mal, las vas mejorando, y en el camino me encontré con dos constructores retirados, uno en Ossa de Montiel (Albacete) y otro en Alsasua (Navarra), con los que hicimos unos cuantos cuadros. Aprendí cosas que parecían básicas de fabricación, pero que hasta que no las ves hacer en manos de un experto no las comprendes”.

Después de muchos ensayos y errores, Arregui decidió oficializar el negocio. Contactó con amigos y conocidos y les propuso como conejillos de Indias: ellos le pagaban los materiales y él les fabricaba bicicletas a medida. Las pruebas iniciales no pudieron ir mejor.

Ex profesionales. A Andrés Arreguii le llegan propuestas de ciclistas ex profesionales, de la época de los 80 y los 90 del siglo pasado, cuando los cuadros se armaban con racores (la pieza de unión de los tubos del cuadro). En la Imagen, el artesano, que se está construyendo una bicicleta “sencilla, de una sola marcha”, posa para Fleet People en Ciclos Noviciado.
Ex profesionales. A Arregui le llegan propuestas de ciclistas ex profesionales, de la época de los 80 y los 90 del siglo pasado, cuando los cuadros se armaban con racores (la pieza de unión de los tubos del cuadro). En la Imagen, el artesano, que se está construyendo una bicicleta “sencilla, de una sola marcha”, posa para Fleet People en Ciclos Noviciado.

Arregui arrancó así su actividad, cobrando poco a poco cada vez más, hasta llegar a su caché actual, que ronda entre 1.600 y 1.700 euros por un cuadro y horquilla básicos a los que se suman el resto de piezas hasta constituir la bicicleta entera, que suele costar unos 3.500 euros. “Las hay mucho más caras. Si se elige un cuadro de acero inoxidable, partimos de 2.500 euros. Y hay gente para todo. Quieren muchos extras y muy determinados, como sillines específicos, que la bici no lleve cadena sino una cinta de kevlar como las motos… Esto es como un zapato a medida. Y si lo quieres hacer bien necesitas buenos materiales. Y tiempo”.

Arregui emplea unas 40 horas para confeccionar un cuadro a medida, pero desde que se encarga la bicicleta y hasta que se recoge no pasan menos de cuatro meses. Cuando se enfrenta con un cliente nuevo, Arregui habla con él para saber qué tiene en mente. Necesidades, preferencias estéticas… Seguidamente se le toman medidas. “Piernas, brazo, tronco y altura, todas las proporciones… También vemos la posición en la bicicleta, la interpretamos, todo”, apunta. Después de ello, su socio Eduardo se encarga de la mecánica y montaje y realizan un presupuesto para piezas.

Y de ahí, al diseño y la construcción. Desde cero.

Arregui confeccionó 14 bicicletas a medida el año pasado. Su tope serían 24 por ejercicio. Fabricar más le alejaría al instante del proceso artesanal puro. ¿Gana dinero con ello? “No da para mucho, pero es lo que me gusta”, reconoce, y asevera que alguna de las grandes marcas del sector ya ha intentado comprar su modelo de negocio, sin éxito. Aunque tampoco se niega a dar más pasos expansivos.

“¿Una franquicia de la marca Arregui? Nunca digo que no a nada, pero habría que ver con qué calidad y en qué circunstancias”, concluye.

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