La figura del inversor activista tiene un lado positivo, otro potencialmente negativo y uno indudable: siempre es incómodo. Empresas del sector como Hertz lo han vivido en sus propias carnes, en la figura de un tiburón de las finanzas como Carl Icahn, cuyo poder llegó hasta para cambiar al CEO de la alquiladora.
Lo bueno del inversor activista es que parece velar siempre por el interés del accionista minoritario de una empresa, colocando la presión sobre los resultados y el incremento en el dividendo anual. Lo malo es que el interés final de muchos inversores activistas no siempre busca el bien común, sino el propio: en muchos casos, hacerse con el control de la compañía, sentarse en el consejo de Administración o mover de la silla al consejero delegado. Ha ocurrido en cientos de ocasiones y, aunque en Europa no existe ni tanta tradición ni tanto velo por el activista, en Estados Unidos es moneda corriente. Ninguna gran empresa quiere enfadar a un activista, sobre todo si éste es poderoso.
¿La realidad de un inversor activista? Nadie los quiere cerca. Son incómodos.
El fondo de inversión activista Crystal Ambers, tan británico como Northgate, gestionaba a finales del año pasado cerca de 200 millones de libras en su cartera. Dentro de ese portfolio, una de sus blue chips es Northgate, en la que controla un 6,3% del capital. Es el tercer inversor de referencia en la compañía especializada en renting de vehículos comerciales, que opera con 100.000 vehículos y que tiene en España uno de sus grandes núcleos de negocio: el 40% de su facturación.
“El valor de la acción de Northgate ha caído un 11% en el último trimestre (…) Aunque el favorable entorno macroeconómico se ha retraído, el precio de la acción se acerca a su mínimo en cinco años (…) Este fondo está profundamente decepcionado con la performance de la empresa, cuya dirección tiene una alarmante falta de enfoque estratégico y rechaza tener en cuenta las propuestas hechas por este fondo y respaldadas por otros accionistas para revitalizar el valor de la compañía (…)”.
El tiro en la línea de flotación efectuado en abril pasado por Crystal Ambers no deja dudas. Sin rodeos. Es parte de una de las periódicas notas de analistas que envía a sus socios y que hemos resumido brevemente: también acusa a Northgate de no informar adecuadamente al mercado y de negarse a cumplir con sus compromisos sobre pago de dividendos.
Calentando la acción
Crystal Ambers entró en el accionariado de Northgate en septiembre de 2012, pero salió en abril de 2015 con un buena plusvalía. Volvió en julio de 2016, haciéndose con más del 3% del capital y proponiendo una serie de cambios al entonces CEO de la empresa, Bob Contreras. Entre esos cambios se incluyó expresamente “un análisis estratégico que incluye la venta parcial o completa de la empresa”. A partir de entonces, los tambores de venta no dejaron de cesar. Incluso una gestora de flotas local, Redde, mostró interés directo en julio de 2016 para hacerse con los activos de Northgate.
El pico se produjo a comienzos del año pasado. Bob Contreras fue invitado a salir en diciembre de 2016 y, dos meses más tarde, la entidad financiera Barclays colocaba un precio objetivo por acción para Northgate de 600 libras.
Ese rally alcista de Northgate en Bolsa se ha relajado desde el verano pasado, y la acción de la empresa está instalada en unas 360 libras. Una cifra que cuadra más con la tendencia derivada de la gestión natural de la empresa, y con la evolución que marcaba antes de que apareciera Crystal Ambers, a la que parecen interesarle más los procesos de calentamiento puntuales que el negocio en sí mismo del operador de renting.









