Es de dominio público que para los seriéfilos —y los no tanto—, Breaking Bad supuso en su momento un latigazo de aire fresco, un puñetazo de talento, un bofetón de buen arte televisivo. Considerada por muchos la mejor serie de todos los tiempos —no sé si diría tanto, pero cerca anda—, este viaje a los infiernos del ser humano a través de los ojos cancerígenos de Walter White, un humilde profesor de química reconvertido en traficante a gran escala y Jessie Pinkman, su incorregible y maravilloso socio, nos dejó con la mandíbula inferior separada varios centímetros de la superior. Se había horneado una obra maestra.
Alrededor de ellos giraba todo un universo de deliciosos y complejos personajes (la atónita mujer, el cuñado madero, capos letales, yonkis imprevisibles…) pero para mi cometido, debo destacar el escenario rodante protagonista indiscutible de la historia: la caravana-laboratorio. Una Fleetwood Bounder de 1986 que se coronaba sin tapujos como un personaje vital de la trama (es el primer elemento en salir en la serie) y en el devenir de los citados antihéroes.
Esa cocina con ruedas nos sirve como espejo autoculinario para la comparación. Juntos, vamos a recorrer esas áridas carreteras de las afueras de Alburquerque y a cocinar en sus entrañas nuestra receta secreta…
Ante nuestra mirada se nos planta un todopoderoso pollo de corral crudo, soso, vacío, sin personalidad… Algo así como esos primeros compases de Walter White, cuya vida rutinaria le define como un hombre anodino, falto de emociones, sin cocinar. Así, la noticia de su enfermedad gira violentamente sus planes y su coraza inmaculada empieza a teñirse.
De ese modo echamos en un bol una cucharada de pimentón, otra de pimienta, de sal, el zumo de un limón y dos cucharadas de aceite. Untamos el pollo con la mezcla, dotándole de un color rojizo, aromático. Empieza a “volverse malo”… Precalentamos el horno a 200ºC. Nuestro viaje empieza a cobrar intensidad. Los paisajes agrestes de la reserva de los navajos empiezan a delimitarse con la cazuela de barro y el suelo se conforma con una base de aceite y sobre ella la cebolla cortada en juliana y las patatas en rodajas de un centímetro.
Ingredientes (4 personas)
1 pollo entero de corral, 5-6 dientes de ajo, 2 limones, 5 patatas, 2 cebollas, Romero fresco, Pimentón dulce, 1 vaso de vino blanco, 1 vaso de caldo de pollo o agua, Sal y pimienta negra, Aceite de Oliva
En ese entorno abrupto, de tonos amarillentos, aparcamos nuestra peculiar caravana Fleetwood Bounder, es decir, el pollo. En su interior Walter y Pinkman pergeñan su “producto”, y nosotros introducimos medio limón, una cebolla, los dientes de ajo aplastados y unas ramas de romero. Esa es nuestra metanfetamina, lo que dará sentido y sabor a nuestro destino.
Regamos con un vaso de agua y el jugo de la maceración, para que vayan soltando vapor, como ese humo azul que manaba de los extractores de la caravana durante el cocinado.
A lo largo de una hora —o cinco temporadas— nuestro tridente protagonista irá sufriendo los calores de Albuquerque metamorfoseados en las altas temperaturas del horno. Poco a poco irán soltando jugos, tostando sus corazas, ablandando sus corazones…
Así White sufrirá en secreto el dolor de su propia enfermedad, su doble vida, su ocultación a la familia, chantajes, amenazas, acoso policial y su mano ajusticiará vidas inocentes. Pinkman verá estallar en pedazos todo lo que ama, caerá al infierno y se verá manipulado por la mente prodigiosa del profesor. Y la caravana Fleetwood Bounder, ese testigo fiel y silencioso, acabará tiroteada, maltratada, desguazada…
El proceso del asado representa todo un arco de personajes. El dorado de la fachada exterior —crujiente y vistoso— simboliza los cambios que van surtiendo en las personalidades. Un pollo crudo convertido en una jugosa y potente pieza. Un profesor insulso que se vuelve un capo a temer. White en Heisenberg. Jekyll en Hyde.
Tras todo el devenir de los acontecimientos en las inmensidades del horno, llega el momento final. Patatas, cebolla, ajos, pollo… Los ingredientes de nuestro característico Breaking Bad ya nada tienen que ver con lo que fueron antes de entrar en esa espiral de violencia, calor, vapores… Ahora están “hechos”, han pasado todo tipo de calamidades y obstáculos, y están dispuestos a dejarse trinchar.
El sol golpea sin tregua. Sobre el terreno, un lecho de patatas y cebolla. Ese suelo de tonos secos y dorados que acogió muertes, tiroteos, llantos. Y sobre él aparcada la Fleetwood Bounder de 1986. En su interior reposan las fantasías de un bonachón hidalgo de química y su drogodependiente Sancho Panza.
La muerte acecha de cerca a modo de cuchillo. Somos “pollos hermanos” de este viaje y de una manera u otra, fuimos cocineros también. Sabíamos que este momento llegaría. Pero al menos siempre “recordaremos su nombre”…







