Historias de Nueva York: Rascacielos y ascensores

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Autor

Enrique García
Enrique Garcíahttps://cervantes.academia.edu/EnriqueGarc%C3%ADa
Periodista y filólogo, Enrique García ha sido profesor de Español en el Instituto Cervantes de Nueva York durante años, después de pasar por lugares tan dispares como Brasil, Italia o Polonia. Con bases en este momento a caballo entre Madrid y Mallorca, García aporta a Fleet People visiones bellas y cotidianas, pero sobre todo diferentes, de la ciudad de los rascacielos. En la sección EXTRA de la versión impresa, el automóvil es generalmente su punto de fuga habitual.

Todos reconoceremos en ella el Empire State o el Chrysler Building,  pero no hay que olvidar que esta es una imagen relativamente reciente de la vieja Nueva York, una ciudad en la que hace apenas un siglo los edificios más altos eran los campanarios de las iglesias.

En menos de seis meses han construido delante de mi ventana dos rascacielos de viviendas de más de cuarenta pisos, y un poco más allá, en Long Island City, se calcula que se edificarán 24.500 apartamentos en los próximos años, en una decena de nuevos rascacielos. Las cifras son tan mareantes y el ritmo de construcción tan frenético que uno no puede evitar preguntarse cuándo y cómo comenzó esta fiebre por las alturas.

Si hay algo que marca un antes y un después en la historia de los rascacielos es, sin duda, la introducción del ascensor. 

Hay muchas cosas que nacieron en Nueva York, y el ascensor moderno es una de ellas. El primer elevador fue instalado en 1857 en un centro comercial de la calle Broome, el Haughwout Building, que aún existe con pequeñas modificaciones. No se trataba de un mecanismo especialmente rápido, ni mucho menos, pues recorría las cinco plantas del edificio en algo más de un minuto. Pero era una atracción inusual que despertaba la curiosidad de los habitualmente impasibles neoyorkinos.

Tampoco era una inversión especialmente necesaria, puesto que en aquella época los edificios más altos de Nueva York apenas superaban los cinco o seis pisos de altura.

Todo cambió, sin embargo, al terminar la Guerra de Secesión. El valor del suelo se disparó y los arquitectos comenzaron a diseñar edificios cada vez más altos que les permitieran amortizar el coste del terreno.

Fue entonces cuando aquella divertida atracción de la calle Broome pasó a convertirse en un elemento indispensable para las construcciones, más aún después de que Elisha Otis patentara un sistema de seguridad para los ascensores que se sigue empleando en nuestros días.

La invención de Otis permitió que en pocos años la Gran Manzana se fuera llenando de rascacielos, como el New York World Building, que fue el primer edificio que, en 1890,  superó el récord de 87 metros de altura de la torre de la iglesia de la Trinidad. El World Building fue demolido algunos años después, pero la torre de la iglesia aún existe, acorralada por las sombras de los rascacielos del Downtown.

En aquellos años, el récord del edificio más alto de la ciudad se fue alternando entre varias construcciones hasta que se levantó el Woolworth Building, que fue el más alto de todo el mundo desde 1913 hasta 1930. Tardó en construirse tres años y el mismísimo presidente Woodrow Wilson fue el encargado de encender las luces en su inauguración desde su despacho en la Casa Blanca.

Como casi todos los rascacielos de aquella época, hoy el Woolworth Building ha empequeñecido ante los gigantes que se construyeron después. Sigue siendo un edificio destacable y elegante, pero los turistas pasan de largo por su puerta sin saber que aquella torre fue, en su día, la más alta del mundo. La fama que ha perdido el Woolworth Building la mantienen inalterable, sin embargo, los edificios que le relevaron en la lista de los rascacielos más altos de Nueva York: El Chrysler Building y el Empire State Building.

El Chrysler apenas lideró la clasificación un año, desde su inauguración el 27 de mayo de 1930 hasta el estreno del flamante Empire State, el 30 de abril de 1931. La construcción de este rascacielos fue toda una proeza: desde el momento en el que se removieron los terrenos del solar hasta la inauguración del edificio de 102 plantas apenas pasó un año. Pese a que la mayoría de sus oficinas tardaron años en alquilarse —los más maliciosos lo apodaron el Empty State Building—, el impacto del rascacielos en la sociedad de Nueva York fue inmediato y en seguida se convirtió en su icono más representativo. El cine también tuvo su parte de culpa, ya que no hay que olvidar que el filme King Kong, que llevó la imagen del edificio por todo el mundo, tan solo se rodó dos años después de la inauguración del edificio. Desde entonces, aunque se han construido edificios mucho más altos que el Empire State, este sigue siendo el símbolo incontestable de la ciudad de Nueva York. Hay tantas cosas que contar del Empire State que reducirlo a una líneas sería injusto. Hablaremos más sobre él en el próximo artículo.

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