Hay decenas de lugares entre los que elegir en Nueva York. Están, por supuesto, el Empire State, el Central Park, la estatua de la Libertad (que, en realidad, está situada en el vecino estado de Nueva Jersey). También está la Quinta Avenida, el puente de Brooklyn… Es difícil pensar en una ciudad en el mundo que tenga más iconos representativos.
Pero, además de todos estos lugares, hay un símbolo de la ciudad de Nueva York que, probablemente, es el que más contribuye a crear su merecida imagen de ciudad que nunca se detiene: los taxis amarillos.
Cada día, nada menos que 600.000 usuarios utilizan uno de estos taxis para trasladarse por la Gran Manzana, lo que supone, anualmente, un total de 236 millones de pasajeros.
Son cifras realmente abrumadoras, que sorprenden todavía más si consideramos que no hay tantos taxis amarillos en Nueva York como podríamos imaginar. Se calcula que en Nueva York hay poco más de 13.000 medallions o licencias de taxis amarillos. Una cantidad inferior, por poner un ejemplo, al del número de licencias que hay en la ciudad de Madrid, que ronda las 16.000.
Es cierto que los taxis amarillos nos son los únicos vehículos de transporte privado de pasajeros que recorren las calles de Nueva York pero, innegablemente, son los más populares.
Ser propietario de un taxi en Nueva York es una rareza reservada para muy pocos. Mientras que los comercios, restaurantes o edificios de Nueva York cambian y se renuevan constantemente, el número de licencias de taxi autorizadas por el Gobierno de la ciudad apenas había variado desde el final de la II Guerra Mundial. Tener un medallion es lo más parecido a tener un tesoro escondido en la Gran Manzana, ya que el precio de venta de una de estas licencias suele superar el millón de dólares.
Al igual que sucede en otras ciudades, los taxistas de Nueva York alquilan el vehículo por periodos de tiempo que van desde un día a una semana. Si alguna vez necesita un taxi en Nueva York, lo más probable es que su chófer sea originario del lejano Bangladesh (prácticamente uno de cada cuatro conductores provienen de este país asiático), de Pakistán (13,2%) o de la India (9,3%). En cualquier caso, los taxistas estadounidenses son una excepción, y suponen menos de un 6% del total.
Recuerdo que una vez conocí a una taxista de Guyana. Era una mujer muy culta, que simultaneaba sus estudios universitarios y sus clases de español con su trabajo como chófer. En aquella época no fui consciente de la excepcionalidad de aquel encuentro, pero lo cierto es que ella era una de las 536 mujeres taxistas que hay registradas en la ciudad. El número resulta aún más minúsculo si consideramos que el total de taxistas ronda los 50.000, del que casi un 99% son hombres.
Por lo general, los taxistas de Nueva York no suelen ser muy dicharacheros y apenas entablan conversación con sus clientes. Estos, a su vez, pueden distraerse con la televisión portátil con la que están equipados todos los taxis, y que ofrece información sobre el trayecto, la ciudad y los lugares de moda a los que ir. Pero aunque no cruce una sola palabra con su conductor, no se olvide de darle al final del trayecto un par de dólares de propina. Es una medida incomprensible, pero habitual. Es, quizá, un pequeño ejemplo de las leyes no escritas que rigen las relaciones en Nueva York: No trate de comprenderla, solo siga la corriente.







