El mundo del transporte necesita una reflexión profunda y a cargo de los actores multimodales de un entorno abierto. Alguno diría que casi cualquier materia, hoy en tiempos líquidos de políticos de ocurrencia.
La dama del ala zurda del Parlamento español declara como avance medioambiental la supresión de vuelos donde haya alternativa ferroviaria en trayectos no superiores a dos horas y media. Como cualquier fasto de propaganda, la razonabilidad se envuelve en la altisonancia y en lo emocional, tan querido por los contemporáneos rapsodas de la lírica pública.
Dos o tres horas, qué más dará, en especial si no son medidas coordinadas con otros países cercanos y afectados, máxime en el ámbito comunitario, escenario donde entramos y salimos según conveniencia.
Dos o tres horas, qué más dará, en especial si no son medidas coordinadas con otros países cercanos y afectados
Todo esto en un momento llamativo de saturación de las líneas y frecuencias de tren en España, con problemas de horarios, obras incesantes y el difícil encaje de la competencia frente al clásico monopolio de Renfe, del que le cuesta olvidarse.
El mundo del coche eléctrico se encuentra a su vez con las trabas de la falta de autonomía, la escasa existencia de cargas en lugares públicos o de repostaje, e incluso la poca simpatía hacia aquél de numerosos profesionales del transporte.

La carestía del combustible, sin aparente techo, necesitaría alguna explicación de su precio real desagregado y no las invocaciones del consabido lamento “este mundo está muy mal y las guerras influyen”.
Mucha obsesión por el cambio climático, pero con el tufo de haberse convertido en banderola en la que arroparse porque nos distingue
Mucha obsesión por el cambio climático, que a todos nos ocupa evidentemente, pero con el tufo de haberse convertido en banderola en la que arroparse porque nos distingue. Qué pasará con las baterías del automóvil, cuánto consume el tren, cómo es el futuro de las energías.
Ni un estudio que avale tan singular propuesta. Aunque sea imaginario como los de la pandemia.
Cuentan que la LOMLOE, penúltimo vocablo con ánimo de interjección que regula el sistema educativo, prefiere el término especialista en lugar de profesor. Los políticos hace mucho no son ni una cosa ni la otra.

Por lo menos, sería bueno que se rodeen de alguno que sepa algo o que lo aparente, profese o no el credo de quien lleva el coche oficial. Ese del que por cierto nunca se bajan, contamine o no. Lejos queda la reivindicada figura de Olof Palme y sus desplazamientos en metro.
Eso parecía un poco más coherente y auténtico. De otras aventuras aéreas, mejor no hablamos para no cansar la inteligencia del sufrido usuario de nuestra red de transportes.








