A principio del Siglo Veinte, cuando el mundo giraba locamente y el futuro estaba lleno de esperanza antes de las Guerras, las vanguardias artísticas crearon fogonazos y movimientos contra los conservadurismos estéticos y morales. Del dadaísmo al creacionismo, pasando por el surrealismo, entre muchos ismos, y con talento a borbotones. En el primer tranco del Siglo Veintiuno, los ismos que hoy dominan son de otra naturaleza, y todos teñidos de ideología política.
La era del feminismo, animalismo, ecologismo y demás planteamientos, en principio transversales, pero coloreados por ciertos servos políticos e institucionales.
La corrección moral de las llamadas sociedades del bienestar es hoy el caladero de pensamiento único donde planteamientos ideológicos tan amplios son encorsetados en una sola premisa y en una versión bajo la que cobijarse para legitimar ideologías muy concretas y banderas inconfundibles.
Por mor de la tolerancia, en una sociedad de exquisita depuración moralizante, que llega a proscribir la lectura de Caperucita Roja o a desquiciar el lenguaje, los nuevos ismos, lejos de ser el espacio de encuentro, comienzan a ser arma arrojadiza para quien discrepe filosóficamente o de cualquier modo con los gestores de carné que los bocean.
Preferir la tauromaquia a las mascotas es hoy una aberración para los especistas. Entender que, aun quedando terreno para avanzar, hay una opinión afortunadamente ya arraigada de igualdad real entre ciudadanos con independencia de su género u ocio, es considerado un anatema, aunque solo sea sugerido pulcramente.
Por supuesto, no utilizar la bicicleta y vivir efectivamente la naturaleza en los pueblos solitarios, sin necesidad de llevar una chapa antinuclear, es motivo de desprecio de los correveidiles ísmicos, cada vez más ceñidos y exaltados. La tolerancia de una sociedad, la empatía por posiciones ajenas, pasa desde luego por debatir serenamente y sin insultos.
Hoy, los discursos solo están trufados de dinamita dialéctica y de falta de sosiego en el razonamiento. Cuanto más ísmicos queramos ser, más debemos piquetear las calles y desafiar al enemigo, ya no adversario ideológico.
Puestos a elegir, me quedo con Renoir, Juan Gris, Marinetti o Apollinaire. Y, desde luego, con el urinario de Duchamp, verdadera metáfora no solo de la subjetividad del artista, sino de la pobreza argumentativa actual.







