En la carretera que va al aeropuerto de LaGuardia, justo al lado de las pistas de tenis de Flushing Meadows, destacan las ruinas abandonadas de la Exposición Universal de Nueva York.
Son unas pequeñas torres metálicas de aspecto futurista que sirvieron como sede del pabellón del estado de Nueva York durante las dos temporadas que se celebró la Exposición Universal, entre los años 1964 y 1965. A lo largo de los años, se han ido sucediendo los intentos por recuperarlas, pero lo cierto es que las torres siguen ahí, oxidadas, como una vieja reliquia a la que nadie sabe muy bien qué utilidad dar.
Aquella estructura decrépita es el mejor símbolo de una feria mundial que supuso una ruina para los inversores pese a que, sobre el papel, resultaba una propuesta bastante sugerente.
La idea fundamental de la exposición era la de presentar las principales innovaciones que cambiarían la vida en los siguientes años, y que contribuirían a impulsar la paz entre los pueblos, algo muy necesario y bienintencionado, como podemos deducir, en aquellos años de Guerra Fría.
Los organizadores contaron con la participación de numerosas compañías como IBM, Disney, Kodak o Ford, que llenaron los pabellones con sus inventos.
Ford aprovechó la feria para presentar su icónico Mustang, mientras que Kodak ofreció a los visitantes una innovadora máquina de rayos X que pretendía facilitar la resolución de crímenes.
En el pabellón de General Motors, por ejemplo, los visitantes se subían a una especie de tren articulado que los llevaba por diferentes escenarios que mostraban cómo sería la vida en los siguientes años. Era, inevitablemente, un mundo lleno de coches voladores y robots, más parecido a Blade Runner que a nuestra aburrida realidad, y en el que los viajes espaciales, por habituales, ya habían dejado de ser noticia.
El hombre aún tardaría cinco años más en pisar la luna, pero la colonización de mundos lejanos se presentaba entonces como algo inevitable.
Mientras otros pabellones mostraban sus apuestas para el futuro, algunos países decidieron echar una mirada a su pasado y ofrecieron en Nueva York algunas de sus obras artísticas más conocidas.
En el pabellón del Vaticano, los visitantes podían admirar la Piedad de Miguel Ángel, que salía por primera vez, en casi 500 años, de la basílica de San Pedro.
Tal fue la cantidad de curiosos que deseaban verla, que se tuvo que construir una plataforma movible desde la que se podía contemplar la obra durante apenas cinco segundos.
En el pabellón de España, por su parte, se podían observar algunas de las obras más representativas del arte español, como El caballero de la mano en el pecho, de el Greco, o las majas de Goya.

Una selección nada desdeñable.
Sin embargo, y a pesar de las interesantes propuestas que llenaron durante aquellos meses los pabellones, la exposición mundial de Nueva York resultó ser un fracaso económico. Una feria que apostaba por la paz acabó con una batalla entre las autoridades y los organizadores, a cuenta de las deudas.
En definitiva, más de cincuenta años después de su clausura, de aquella feria apenas quedan ya unos edificios olvidados, como aquellas viejas promesas de colonizar la luna.






