Historias de Nueva York: La tozudez de los Roebling

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Autor

Enrique García
Enrique Garcíahttps://cervantes.academia.edu/EnriqueGarc%C3%ADa
Periodista y filólogo, Enrique García ha sido profesor de Español en el Instituto Cervantes de Nueva York durante años, después de pasar por lugares tan dispares como Brasil, Italia o Polonia. Con bases en este momento a caballo entre Madrid y Mallorca, García aporta a Fleet People visiones bellas y cotidianas, pero sobre todo diferentes, de la ciudad de los rascacielos. En la sección EXTRA de la versión impresa, el automóvil es generalmente su punto de fuga habitual.

Uno observa el puente de Brooklyn de Nueva York, con sus dos imponentes arcos y sus más de 500 metros sobre el East River, e imagina el enorme desafío que debió de suponer su construcción, hace ya más de cien años. Sin embargo, a grandes rasgos, podría afirmarse que la edificación del puente no fue más que el resultado de la admirable tenacidad de una familia: un padre, un hijo y una mujer.

John A. Roebling había emigrado desde Alemania a los Estados Unidos en 1831, abrumado por la miseria de las guerras napoleónicas. Llegó a un condado remoto de Pennsylvania y allí fundó, junto a su hermano, el pequeño poblado de Saxonburg. Durante años, se dedicó al cultivo de la tierra, desvinculándose por completo de su antigua vida como ingeniero civil en Westfalia. John se casó y en 1837 nació su primer hijo, al que llamó Washington, en homenaje al primer presidente de los Estados Unidos.

En aquella época, Estados Unidos aún se estaba recuperando de las secuelas de la Guerra Civil y John, que había salido de Europa huyendo de la posguerra, se encontraba una vez más en medio de un país deshecho y partido en dos mitades. Aburrido por la vida bucólica del campo, decidió dedicarse entonces a lo que mejor sabía hacer: tender puentes.

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La construcción del puente de Brooklyn no fue una tarea sencilla. Se trataba de algo inédito: un puente colgante soportado únicamente por dos torres, que además debían ser cimentadas en las profundidades del río y levantadas sobre pura roca.

A Roebling, como jefe de ingenieros, le gustaba supervisar las obras y comprobar si se ajustaban a sus planos. Tal era su celo, que una desdichada tarde fue arrollado por uno de los barcos que descargaban materiales en la ribera y falleció a los pocos días.

El puente se había quedado a medio construir, sin su ingeniero principal y nadie sabía muy bien cómo continuar.

Entonces apareció un jovenzuelo de Pennsylvania, de apenas 32 años, llamado Washington. Se trataba del hijo de John, que se ofreció para concluir la obra. La implicación de Washington no fue menor que la de su padre. A diario, subía y bajaba junto a sus trabajadores a las profundidades del río, hasta el punto de acabar sufriendo, al igual que la mayoría de ellos, los efectos de la descompresión. El desdichado Washington acabó postrado en una cama, envuelto en dolores e imposibilitado para seguir dirigiendo las obras.

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Cuando nadie sabía muy bien quién podría culminar la obra, surgió la figura de Emily Warren Roebling, la esposa de Washington, quien demostró el mismo empeño que su desvalido marido y su difunto suegro. A pesar de no haber recibido ninguna enseñanza formal en ingeniería, Emily había acompañado a su marido durante todo el proceso de construcción del puente y sabía perfectamente lo que había que hacer para terminarlo.

Emily tuvo que fajarse contra los prestamistas y los proveedores, hasta que por fin pudo culminar la gran obra familiar: El 24 de mayo de 1883, después de 14 años de construcción y numerosas vicisitudes, el puente fue finalmente inaugurado.

Como agradecimiento a su trabajo, Emily fue vitoreada por la multitud que se agolpó en la fiesta inaugural.

Hoy, una pequeña escultura de un anciano, un joven y una mujer, situada al pie de una de las torres del puente, sirve como recuerdo a aquella maravillosa determinación de los Roebling. 

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