Resulta complicado saber quién fue el primero, pero parece que el viejo Ah Ken fue el primer emigrante chino que se estableció al sur de Manhattan, en el año 1858. Con los beneficios que obtenía por las rentas de algunos edificios, Ken había conseguido abrir un próspero negocio de venta de tabaco en la zona de Park Row.
Aunque las crónicas de la época no son demasiado generosas con la calidad de los cigarrillos de Ah Ken, es indudable que, a pesar de ello, gozaron de cierta popularidad entre los neoyorquinos de la época. Animados por el éxito del estanco de Ken, otros compatriotas comenzaron a establecerse alrededor de aquella pequeña tienda de la calle Mott, de modo que, a finales del siglo XIX, ya se contabilizaban unos 750 chinos en la zona sur de Manhattan.
No era aquella, sin embargo, una época fácil para la comunidad china de los Estados Unidos. Una vez completada la construcción del ferrocarril que recorría el país de costa a costa y que se había realizado, fundamentalmente, con mano de obra asiática, los trabajadores chinos encontraron acomodo en las minas y las manufacturas de tabaco.
Esto despertó los recelos de los obreros americanos, que comenzaron a temer por sus puestos de trabajo. Se documentaron entonces episodios de agresiones xenófobas, que culminaron en la aprobación de la lamentable Chinese Exclusion Act de 1883 que, entre otras cosas, prohibía la emigración de personas procedentes de China, al tiempo que impedía que los ya residentes en el país pudieran conseguir la nacionalidad.
La ley, únicamente, abría un mínimo resquicio para maestros, estudiantes y diplomáticos, pero siempre que fueran hombres. Las mujeres y los niños chinos no estaban autorizados a entrar en el país, en ningún caso. Para poder cuantificar el impacto que tuvo la aprobación de esta ley, bastaría decir que frente a los 40.000 chinos que habían entrado en el país en 1883, cuatro años después el número de emigrantes legales se podía contar con los dedos de las manos. Y no es ninguna exageración: en 1887 solo se autorizó la entrada de diez personas provenientes de China.
Estas limitaciones migratorias, además, convirtieron Chinatown en una anomalía: En el año 1900, vivían en el barrio 4.000 hombres y tan solo 36 mujeres.
Por si fuera poco, no estaba autorizado el matrimonio interracial entre hombres chinos y mujeres americanas, y estas corrían el riesgo de perder la nacionalidad estadounidense si llegaban a casarse con un inmigrante del país asiático.
Así las cosas, resulta casi un milagro que Chinatown prosperara. Sin embargo, los negocios chinos comenzaron a extenderse más allá de las fronteras de la calle Mott, hacia la cercana Little Italy. Eran negocios de todo tipo. Había restaurantes —se calcula que en todo el barrio hay, hoy en día, más de 200— y otros más pintorescos como los fumaderos de opio, cuyo último reducto fue barrido del mapa, tras una redada policial, en el año 1957.
El levantamiento definitivo de la Chinese Exclusion Act, en 1965, le dio aún más vida a Chinatown. Hoy, el barrio cuenta con unas 85.000 personas, dos tercios de las cuales son de origen chino.
En su mayoría, son descendientes de aquellos aguerridos inmigrantes que decidieron permanecer en los Estados Unidos, la llamada “tierra de la libertad”, a pesar de unas leyes injustas que se empeñaban en demostrar lo contrario.







