martes 20, enero, 2026

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Historias de Nueva York: Cosas de Groucho

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Autor

Enrique García
Enrique Garcíahttps://cervantes.academia.edu/EnriqueGarc%C3%ADa
Periodista y filólogo, Enrique García ha sido profesor de Español en el Instituto Cervantes de Nueva York durante años, después de pasar por lugares tan dispares como Brasil, Italia o Polonia. Con bases en este momento a caballo entre Madrid y Mallorca, García aporta a Fleet People visiones bellas y cotidianas, pero sobre todo diferentes, de la ciudad de los rascacielos. En la sección EXTRA de la versión impresa, el automóvil es generalmente su punto de fuga habitual.

 

El viejo Groucho Marx confesaba en sus memorias que él nunca pensó que estuviera preparado para triunfar en Broadway junto a sus hermanos. “El público de Broadway exige clase [reconocía Groucho]. Y eso es algo de lo que nosotros carecemos”.

 

A pesar de que los hermanos Marx se habían estado fogueando durante años por escenarios de ciudades polvorientas del medio oeste, su vodevil estaba varios escalones por debajo, tanto en cuanto a prestigio como a ganancias, de las obras musicales que se representaban en los teatros de Manhattan.

 

Para cualquier actor de principios de siglo XX triunfar en los teatros de Broadway representaba la cumbre de su carrera. Hay que considerar que, en aquellos años, el cine aún se veía como un simpático experimento y Hollywood no era más que un pequeño poblado desierto en la costa de California. Los mejores actores de la época solo tenían un objetivo: conquistar Broadway.

 

Los hermanos Marx, por cierto, y a pesar de las reticencias iniciales de Groucho, acabaron triunfando en Broadway. Su obra Te diré que es ella se estuvo representando durante más de tres años, lo que les abrió las puertas de las productoras que empezaban a revolucionar Hollywood.

 

 

 

«El público de Broadway exige clase [reconocía Groucho], y eso es algo de lo que carecemos»

 

 

 

 

 

El primer teatro de Nueva York fue construido en 1750, cerca de la calle Nassau. Los actores, ingleses en su mayoría, solían representar obras clásicas de Shakespeare para una concurrencia que, en el mejor de los casos, no superaba las trescientas personas.

 

Pero se trataba de un publico fiel y, poco a poco, la afición de los neoyorquinos por el teatro fue creciendo.

 

Apenas medio siglo después de la inauguración del teatro de la calle Nassau se construyó el Park Theater, que podía albergar hasta 2.000 espectadores. Del particular gusto teatral de los neoyorquinos de la época nos da una idea una obra estrenada en 1866, The Black Crook, considerada como el primer musical. A pesar de que duraba casi seis horas, pronto se convirtió en todo un éxito, llegándose a representar mas de quinientas veces.

 

Aquella innovadora fórmula de canciones que se integraban en una historia llamó la atención de los promotores teatrales, que poco a poco fueron abandonado a los autores clásicos y se centraron en aquella nueva forma de hacer teatro.

 

 

 

 

 

 

 

En los siguientes años, se fueron inaugurando numerosas salas en los aledaños de la calle Broadway. Algunos de ellos, como el Ziegfeld Theater, han seguido programando obras hasta marzo de 2020, cuando tuvieron que echar el cierre debido a la pandemia.

 

Uno tiene la sensación de que la ciudad de Nueva York no recuperara la normalidad hasta el día en el que, por fin, vuelvan los musicales de Broadway.

 

Solo entonces retornará el habitual ajetreo de personas que entran y salen de los restaurantes y bares cercanos y se agolpan a las puertas de las salas, alrededor de las ocho de la tarde, para asistir a la última sesión de la jornada.

 

Inevitablemente, Broadway volverá a ser el lugar en el que todos los actores querrán actuar alguna vez en su vida, ante ese publico tan exigente que atemorizaba al viejo Groucho, y que muy pronto volverá a ocupar las desgastadas butacas de los teatros.

 

 

 

 

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