Historias de Nueva York: Rafael Guastavino, un valenciano genial

Todo comenzó en 1903, cuando después de una serie de accidentes en la antigua estación de ferrocarriles de Manhattan, las autoridades decidieron construir una nueva terminal que fuera el orgullo de la ciudad. Se trató, como no podía ser de otro modo, de la estación más grande del mundo, tanto en tamaño como en número de andenes.

Se calcula que cerca de 750.000 personas desfilan a diario por Grand Central, no solo para coger un tren, sino para cenar en uno de sus restaurantes o comprar en una de sus tiendas.

Todo es tan limpio, tan luminoso en ese edificio que uno podría pensar que se trata de una obra perfecta. Parte de la grandeza de Grand Central se debe a la genialidad de un valenciano, Rafael Guastavino, que diseñó su característico sistema de pasillos abovedados.

Guastavino no llegó a los Estados Unidos de la manera más honrosa posible, puesto que se había visto envuelto en una estafa que le había obligado a salir apresuradamente de España. Tras unos años de dificultades económicas, logró alcanzar el ansiado sueño americano al patentar un sistema de alicatado de bóvedas que no tardó en popularizarse.

Rafael GuastavinoAdemás de la estación de Grand Central, al menos 360 edificios de la ciudad de Nueva York llevan el sello de Guastavino:  el puente de Queensboro, la catedral de San Juan, el Museo de Ciencias Naturales… En todos y cada uno de ellos podemos encontrar las características bóvedas del valenciano.

Tras su fallecimiento en 1908, su hijo continuó con el negocio familiar, la Guastavino Fireproof Construction Company, hasta su venta en el año 1943.

Cuando uno entra por uno de los accesos de Grand Central, tiene que caminar necesariamente bajo una de las bóvedas de Guastavino, justo hasta llegar al vestíbulo central, donde le espera una magnífica representación de las constelaciones y de la Vía Láctea. 

Uno mira hacia arriba, en medio del vestíbulo de la estación de Grand Central, y no puede evitar sentirse demasiado pequeño, abrumado por la espectacularidad de aquel techo. Pero lo cierto es que la representación de las constelaciones es inexacta. Está al revés. Nadie podría utilizar ese mapa para guiarse en un cielo estrellado porque los signos del zodiaco están dispuestos al contrario de como los podemos ver desde la tierra. Acuario está donde debería estar Pegaso y Cáncer está en el lugar que debería ocupar la constelación de Orión. Así que la pintura es apabullante, pero equivocada. El error lo descubrió un astrónomo aficionado tan solo un año después de que la pintura fuera inaugurada, en 1912. La familia Vanderbilt, que financió la construcción de Grand Central, mantuvo siempre que la disposición equivocada de los signos del zodiaco era algo que respondía a un plan establecido. Pero no convenció a nadie. 

El pintor, Paul Helleu, responsabilizó a su ayudante, Charles Basing, y Basing cargó contra el astrónomo de la Universidad de Columbia que les sirvió de consejero, Harold Jacoby, quien se justificó diciendo que los pintores habían estado todo el tiempo mirando los planos al revés.


Parte de la grandeza de Grand Central se debe a Rafael Guastavino, que diseñó sus pasillos


Sea como fuere, no es la única chapuza documentada bajo el techo de la cúpula de Grand Central.

Si nos fijamos en la constelación de Piscis, veremos un pequeño agujero negro. En 1957, en plena carrera espacial entre la Unión Soviética y los Estados Unidos, el Ejército americano quiso demostrar su poder instalando un cohete en el vestíbulo de la estación, donde permaneció durante tres semanas. Sin embargo, el artefacto era tan alto que durante el proceso de desinstalación golpeó el techo de la sala, dejando para el recuerdo ese bello desconchón en medio de la constelación de Piscis.

Hay, no obstante, algunas personas que dicen que la historia del cohete es, simplemente, una leyenda urbana, y que el agujero lo hizo un gancho de sujeción, y no el cohete, pero yo quiero pensar que no es más que el intento desesperado de algún neoyorkino que trata de ocultar que, también allí, en la ciudad perfecta, hay un hueco para la improvisación y la chapuza.   

Enrique García es periodista y profesor

del Instituto Cervantes en Nueva York

@kotlubaj