Federico García Lorca la visitó por primera vez en 1916, siendo aún estudiante. Volvió diez años después para preparar el III Centenario de la muerte de Góngora. Y así brotó el famoso verso lorquiano, Córdoba, lejana y sola, para plasmar la huella que le había dejado la capital de los Omeyas; “la más melancólica de Andalucía”, según Federico.
Desde entonces, la ciudad califal ha sido distinguida cuatro veces como Patrimonio de la Humanidad: por el Conjunto Monumental de la Mezquita-Catedral, cuya visita nocturna recomiendo vivamente; por su Centro histórico judío, musulmán y cristiano; por los Patios cordobeses, llenos de flores y fuentes, y por el yacimiento arqueológico de Medina Al-Zahra, capital del Califato, cuyo esplendor perdura desde mediados del siglo X.
Y no se preocupen si se perdieron la Fiesta de los Patios de mayo. En el Palacio de Viana, un elegante edificio renacentista vinculado antiguamente a la nobleza, disfrutarán de doce, unidos por galerías, cada uno con su estilo pero siempre rebosantes de vegetación y agua. Los pequeños y recoletos, los amplios y generosos, con sus paredes tapizadas de macetas. Tanta sencillez para tanta belleza. Solo una caña y una lata sirven para regar las plantas que se encaraman en geométrico mosaico vertical. En la Puerta del Rincón, una escultura de mujer homenajea a los vecinos que las cuidan, alargando y subiendo sus brazos.
Los tiestos adornan también la Calleja de las Flores, una de las más típicas del casco antiguo: la foto de postal con la torre-campanario de la Mezquita al fondo. La admiración sigue con los monumentos al filósofo del Imperio Romano, Séneca, sin duda, el cordobés más universal; al médico musulmán Averroes y al pensador judío Maimónides. A la lista de personajes ilustres se suman los califas de la época islámica, Abderramán II o Almanzor que convirtieron a la ciudad, bañada por el Guadalquivir, en la capital del mundo occidental.
Cuando salimos de las calles blancas y estrechas de trazado irregular, paseamos por la urbe moderna. En la Plaza de las Tendillas se erige, marcial, la estatua ecuestre de El Gran Capitán, Gonzalo Fernández de Córdoba, el valeroso soldado de campañas militares de los Reyes Católicos, dentro y fuera de España.
No lejos de este corazón urbano se encuentra el Real Círculo de la Amistad, centro artístico y cultural del siglo XIX que invita a la lectura y la tertulia. Concertando la visita, se puede disfrutar del Salón Liceo, de estilo vienés, de la biblioteca de unos 17.000 volúmenes, del Patio de las Columnas, del refrescante jardín y de una magnífica colección taurina. Córdoba y su provincia son cuna de toreros tan célebres como Manolete, Machaquito, Lagartijo o El Cordobés.
La subida por la majestuosa escalera nos depara más sorpresas: murales de Julio Romero de Torres que, en el más puro estilo simbolista, reflejan las artes plásticas, musicales y literarias. La ciudad ofrece asimismo el museo más completo de su insigne pintor, de finales del XIX y principios del XX, que rindió homenaje a la mujer morena y al arte flamenco retratando a cantaoras y bailaoras de la época.
Nos alejamos de Córdoba embelesados por su Puente Romano. Divisamos el perfil de la ciudad con sus minaretes, cúpulas y murallas. La sentimos cercana, acogedora y cosmopolita. Nos queda la melancolía que sintió Federico, quizás, por no poder abarcar su alma profunda de tantos siglos.






