Historias de Nueva York: Coney Island

El 29 de octubre de 2012, las maderas del paseo marítimo de Coney Island saltaron por los aires. La playa amaneció llena de restos de algas y de muebles rotos, como en la mañana después de un naufragio. Hay fotografías del acuario de Nueva York, uno de los edificios más emblemáticos de la zona, con los pasillos anegados por el barro mientras los peces de colores seguían con su rutina tras los cristales.

El huracán Sandy lo había destrozado todo. Los periódicos publicaron entonces que una de las anguilas de la exposición apareció nadando, días después, en una de las duchas de los trabajadores. Otros edificios de Coney Island corrieron mejor suerte. Aunque como casi toda la zona, el parque de atracciones Luna Park sufrió numerosos destrozos, pudo reconstruir los daños en apenas unos meses, a tiempo para la siguiente temporada. El Cyclone, la vieja montaña rusa de madera, resistió con firmeza el embate del huracán Sandy, lo que llevó a los siempre imaginativos diarios de la zona a titular con orgullo, pocos días después, de la siguiente manera: The cyclone didn’t hurt the Cyclone! (¡El ciclón no ha dañado el Cyclone!).

No era la primera vez que Coney Island tenía que resurgir de sus cenizas. Antaño considerada como la zona de descanso y ocio de Nueva York, comenzó a decaer a partir de la década de los 60, cuando los viajes a otros lugares se hicieron más asequibles. La zona se llenó entonces de bandas organizadas y sus locales comenzaron a abandonarse.

Entonces apareció la figura de Fred Trump, padre del actual presidente Donald Trump. Si hoy en día nos parecen exageradas las formas de Donald, es porque no llegamos a conocer a su padre.

Nueva York
SBimbo.

Fred adquirió los terrenos de uno de los parques de atracciones de la zona, el Steeplechase park, en 1964. Su intención era derribarlo y construir allí edificios de apartamentos de lujo. Para ello tenía que conseguir que la ciudad recalificara la zona, lo cual no era sencillo y, seguramente, tampoco legal. Para presionar a las autoridades, organizó una Demolition Party, a la que invitó a los viandantes a que le ayudaran a destrozar el pabellón principal del viejo parque de atracciones. En algunas de las fotos de aquel día, se observa a Fred sonriente, pico en mano, rodeado de jóvenes en bikini a las que les había encargado que repartieran piedras, picos y perritos calientes a todo aquel que participara en la fiesta.   

El Ayuntamiento de Nueva York, sin embargo, permaneció firme ante los extravagantes métodos de Fred. El litigio se alargó durante décadas y, finalmente,  Trump murió en 1999 sin conseguir el permiso para poder construir sobre las ruinas del viejo parque.

Decíamos antes que en su Demolition Party, junto a los picos y las piedras, Trump repartió también perritos calientes. Ciertamente, resulta curioso que para destrozar un viejo icono de Coney Island como era el Steeplechase park, Trump se sirviera de otro, como los hot dogs. Y es que, aunque podamos pensar que los perritos calientes siempre han estado ahí, lo cierto es que se sirvieron por primera vez en Coney Island, en el lejano año de 1870. De hecho, allí se sigue celebrando el Concurso Internacional de Perritos Calientes (Hot Dog Eating Contest), no apto para estómagos delicados. El récord, por cierto, lo tiene un tal Joey Chestnut, que en 2016 logró comerse 70 perritos en 10 minutos.

Más allá de los excesos y de la evidente decadencia de sus edificios, siempre es recomendable hacer una visita Coney Island, especialmente en las estaciones menos concurridas, como el otoño o el invierno. Su playa es una de las más extensas que he conocido (también de las más frías), y en ella siempre puede encontrarse un lugar para evadirse, antes de retornar a las prisas diarias de la ciudad de Nueva York.