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El Gadgetrón: Ni las vueltas del pan por un smartphone

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Ángel Sucasas
Ángel Sucasas
Editor de Tecnología en el periódico EL PAÍS y colaborador en medios como The Objective y JotDown, Ángel Sucasas es un experto consolidado en analizar todas las tendencias actuales del universo puntocom. Amante de los videojuegos e impulsor de muchos de ellos, goza de una capacidad única para extraer y exponer al lector conclusiones sencillas y consejos accesibles sobre los complejos planteamientos en los que interactúa la sociedad con la tecnología. Actualmente compagina sus labores periodísticas y como escritor (ya ha publicado hasta tres novelas de ficción) con las de director narrativo de videojuegos en Tequila Works y como diseñador en Mercury Steam. Y sí, efectivamente: es un genio. Discreto y educado, pero genio a fin de cuentas.

Esa estupidez se ha cebado, gracias a esa máquina de marketing perfecta que es Apple, con lo techie y especialmente con todo lo que tiene que ver con nuestros móviles. El móvil no es ya una herramienta útil para nuestra vida. Es, desde hace mucho tiempo, un símbolo de poder, o de pasta, que es lo mismo.

En esa obra fundamental para entender los 90 que es la novela American Psycho de Brett Easton Ellis, los imbéciles trajeados de Wall Street que protagonizan esta comedia abisal esgrimen sus tarjetas y discuten sobre quién tiene el mejor color hueso y la tipografía más adelante. La fascinada rabia de su protagonista, Patrick Bateman, por la tarjeta de un supuesto amigo queda plasmada ejemplarmente en este párrafo: “Mira la sutileza de su cromatismo. El buen gusto del espesor. Oh, Dios. Si incluso tiene una marca de agua”. No se engañe, así miran sus compañeros de oficina si lo suyo es un Huawei, un Galaxy o un iPhone. Si lo tiene en rosa dorado o le va más el negro de toda la vida. Y cuchichean a sus espaldas tanto por envidia de su buen gusto como por sarcasmo por su falta de.

El caso es que nos han vendido una moto. Muy cara además. La obsolescencia programada —esa trampa que incluyen los hacedores de tecnología para que los dispositivos se nos rompan porque sí— nos obliga a comprar un móvil cada año y pico. Y es difícil echarle la culpa simplemente a la codicia de las compañías, que es infinita. Basta hacer un pequeño ejercicio de hemeroteca y repasar las colas que se forman cada vez que Apple lanza un nuevo iPhone. El viernes 9 de octubre del 2015, a eso de las 5.00 de la mañana (sic), varias decenas de personas ya se alineaban frente a la tienda de Apple para adquirir los nuevos iPhone: 6S y 6S Plus. Era una estampa que se repetía en todo el planeta. En un fin de semana, Apple lograba vender 13 millones de teléfonos a, como poco, 700 euros la pieza. Hagan las cuentas rápidamente. Se embolsó con el movimiento más de 9.000 millones de euros. Pecata minuta si lo comparamos con lo que genera la industria del Smartphone al año, unos 360.000 millones de euros.

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A pesar de toda esta estupidez y fiebre, creo que los smartphones, entendidos así, como un gasto que se iguala en muchos casos con el salario mensual de muchos españoles a repetir cada año y poco, tiene los días contados. Como también creo que los tienen los psicópatas engominados de Wall Street. A los hechos me remito.

El Gadgetrón: Ni las vueltas del pan por un smartphone

El primero, el Project Ara de Google. Puede que no hayan oído hablar de él porque no ha hecho tanto ruido, de momento, como debería. Pero es una revolución. Algo que, si sale bien, podría hundirle el negocio a Apple. Imagínese que usted paga unos cuarenta o cincuenta euros por la carcasa de un móvil. Esa carcasa es eso, una carcasa, que a lo mejor viene con un paquete básico de una pantalla, una cámara, un procesador y poco más. Ahora imagine que cada elemento de su móvil, desde la cámara a la batería, es completamente intercambiable. ¿Que quiere meterle otra batería a su móvil? Lo hace. ¿Que le apetece cambiar de cámara pero que el resto siga igual? Tres cuartos de lo mismo. Y en los colores y diseño que usted quiera.

Esto significa que la moto que nos venden, básicamente es la cámara y la pantalla, ya no tienen razón de ser. Porque el móvil, como todo el hardware, no es el fin. Es el medio. Liberalizar el mercado del smartphone como propone Google significa que todo se fragmenta en centenares, miles de compañías dedicadas a inventar los dispositivos que le puede añadir a su carcasa, para hacer su móvil más potente, para tener mejor cámara, para añadirle un altavoz que permita escuchar música con sonido envolvente mientras se baña en la piscina. Lo que se imagine. Y paga solo una vez por esa carcasa. Una y nada más.

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El móvil ya no es una herramienta útil. Es, desde hace tiempo, un símbolo de poder, o de pasta, que es lo mismo


 

Le sumo otra noticia para convencerle de que esto que le cuento no es majadería. India, 30 de junio, una compañía nacional llamada Ringing Bells. Lanza un smartphone, el Freedom 251, al precio de… 3,6 euros. No es broma. 3,6 euros. Por ese precio el hindú que se lo compre se lleva: una pantalla de 4 pulgadas a 960×540, un procesador de 1,3 GHz, 1 giga de memoria ampliable a 8, una cámara delantera de 8 megapíxeles y una trasera de 3.2 y soporte en Android 5.1. Y reconoce que en pequeñas cantidades pierde dinero por aparato, pero que a volumen va a generar beneficio. Y lo hacen, o al menos dicen que lo hacen, para ayudar a digitalizar un país donde una gran parte de su población tendría que dejar de comer para poder pagarse un smartphone. Un país, por cierto, que crece meteóricamente como potencia tecnológica y que ya supera los 1.200 millones de habitantes.

Que esto sea así debería hacernos cuestionarnos varias cosas. Así, a bote pronto, ¿cuánto cuesta hacer un smartphone y cuánto nos cobran? Procelosas aguas, que diría el poeta, pero hay varios datos que nos pueden dar pistas. Primero, que todas las cadenas de producción de todas las compañías, incluidas las españolas como BQ o Geeksphone, están en China. Y ya sabemos cómo se las gastan en este país con los salarios y derechos de la mano de obra menos cualificada. Para que se haga una idea, se estima que un trabajador en una línea de producción de Apple cobra sobre un euro la hora.

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Segundo, los datos de diversas publicaciones serias como Forbes o Time apuntan a que si pagamos 700 euros por iPhone, a Apple le costó unos 200 hacerlo (y ojo, incluyendo los costes de transporte). En el arranque de la venta, porque luego los precios bajan astronómicamente. Es decir, que Apple le gana a cada iPhone del orden de 500 euros. 500 euros, querido lector, succionados vampíricamente de su bolsillo. Y si quiere puede hacerse una tercera pregunta. Y es la huella ecológica que provoca cada smartphone en el planeta. Le contesto yo muy rápido. Le hace mucha, mucha pupa.

Por no hablar de que consume recursos —la composición típica es de 40% metales, 40% plásticos y 20% cerámicas— que en muchos casos no se reponen. Para nuestro vicio y presunción. Así que si en unos meses empieza a oír hablar del Project Ara, o de los móviles ecológicos como Fairphone, que se niegan a usar materiales como tungsteno que provocan una sobreexplotación en las minas de Ruanda sencillamente terrorífica, piénseselo tres veces.

Igual algo tan sencillo como elegir qué móvil lleva en el bolsillo tiene un impacto mayor del que cree.

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