Analfabetos de ceros y unos

AnalfabetosVivimos en una rueda informativa que gira a tal velocidad que cuesta asimilar todo lo que recibimos. Pero estoy casi 100% seguro, si el lector, como asumo, está bien informado, de que recordará una noticia la mar de curiosa, con su bis cómica, sobre un niño de 12 años que quería ser youtuber. Y al que Google tuvo que perdonar 100.000 euros para no arruinar a su familia. El chaval había contratado, sin saberlo, una campaña de publicidad por este precio a través de Google Adwords.

La cosa alcanzó tintes tragicómicos cuando se supieron los detalles. Que si el niño era trompetista en Los Salerosos de Torrevieja. Que si metió los datos de la cuenta bancaria de sus padres con un colega de 15 años. Que si su familia estaba en una situación más bien peliaguda, con su madre en el paro y su padre como vendedor ambulante de gominolas. En fin, lo que se dice un festín para la información más amarilla o, como está de moda ahora llamarla, click-bait (algo así como cebo para los clics, las visitas de internautas).

Pero esta noticia esconde una preocupante tendencia a erradicar en todo el planeta: el analfabetismo digital. No se puede vivir aislado de los peligros y potencialidades de Internet. No es ya una cuestión opcional. Cualquier ciudadano, como recuerda una y otra vez la Agencia de Protección de Datos de España, tiene que asumir, como quien lo hace al conducir un coche, su responsabilidad a la hora de circular por las cuasi infinitas avenidas de Internet. No hacerlo supone, exactamente igual que al volante de un automóvil, un peligro para él y para los demás.

No solo está el riesgo de errores como el que le sucedió a este pobre chaval de apellido Quesada y residente en Torrevieja. Desconocer los nuevos paradigmas tecnológicos en los que estamos inmersos puede tener una doble repercusión para nuestra vida nada grata: caer en la red del nuevo hampa, el cibercrimen, o quedarnos fuera del mercado de trabajo.

Sobre lo segundo, una sola cifra: 2.000 millones de puestos de trabajo desaparecidos en el 2030. Es una de las estimaciones hechas por el futurólogo Thomas Frey en TED, las conferencias tecnológicas más populares del planeta. A más corto plazo, 2020, cinco millones de trabajos perdidos por los robots, según el Foro Económico Mundial. Un último dato acompañado por fecha, de la consultora McKinsey: en el 2025, un 40% de los trabajos disponibles pertenecerán al sector del conocimiento —ingenieros, programadores e investigadores de toda condición—. Y si uno repasa puntos calientes como los coches conectados, las inteligencias artificiales o el Internet de las cosas (IoT), la conclusión es clara: muchos de los  empleos que ahora existen van a desaparecer para siempre. Y los que perdurarán tendrán a la tecnología y a la programación en el centro de las habilidades exigidas.


No se puede vivir  aislado de los peligros y potencialidades de internet, no es ya una cuestión opcional


Analfabetos
Ana Seixas.

El otro punto a sufrir por analfabetismo digital es lo que pueden hacer con nuestros datos. Empresas y criminales, que a veces vienen a ser lo mismo. Recuerdo una conversación con un avezado CEO de nuestro país que me contaba cómo las aseguradoras estadounidenses le compran los datos a las compañías de teléfonos móviles para averiguar cómo conducen sus clientes. Si les suena a chorrada, piensen en un móvil con el GPS activado reposando en el asiento de al lado o en su bolsillo mientras conduce. O mis entrevistas a expertos en ciberseguridad sobre el Internet de las cosas. Si usted tiene, pongamos por caso, una nevera inteligente y un coche inteligente y un hacker logra identificar sus dispositivos y acceder a sus datos puede saber, cruzándolos, cuál es su rutina diaria. Los tiempos medios que pasa en el trabajo y en casa. A qué hora come.

Aprovecho para abundar en la materia de lo que puede pasar si se peca de ignorancia digital. Lo hago con ombliguismo, en el sentido de que voy a hablarles de mis propias experiencias periodísticas, aquellas que me impactaron realizando reportajes sobre estos temas. Las que me cogieron con la guardia baja y me hicieron pensar en estas cosas que les cuento ahora.

Comienzo por Flickr y las tazas de desayuno que llevan la foto de su hijo. Dos holandeses, Dimitri Tokmetzis (periodista) y Yuri Veerman (artista) se propusieron una estrategia de lo más singular para concienciar a la gente de que no cediera sus datos. Tomaron fotografías de Flickr que estuvieran bajo la licencia Creative Commons y se pusieron a vender tazas y camisetas con ellas. La mayoría de las fotos eran de bebés. Cuando un padre les contactaba para que fueran retiradas, le explicaban que lo que estaban haciendo era legal (y culpa del padre en cuestión) y evidentemente las quitaban de la red. La historia sirvió para dos cosas: cabrear a Flickr (y cabrear a una multinacional siempre suma al karma) y concienciar a unos cuantos cientos de padres que a buen seguro se lo pensarán tres veces antes de ser tan inconscientes.

AnalfabetosOtro ejemplo, este en un artículo de portada de El País sobre juguetes conectados. En la investigación que realicé, me topé  con un tal Ken Munro, experto en ciberseguridad que había hackeado en directo una muñeca inteligente para la BBC a la que le hizo decir barbaridades. Munro, techie donde los haya, me dijo lo siguiente: “Yo veo los juguetes conectados como una oportunidad muy estimulante a nivel educativo. La verdadera cuestión para mí es que las compañías se tomen verdaderamente en serio la seguridad, porque los riesgos potenciales son al menos tan duros como los de dejarle el móvil a un niño”. Una declaración que a mí, por lo menos, me dio mucho que pensar. Porque sentir la inquietud de la ignorancia, la propia y la ajena, es el primer paso para erradicarla.

Pongamos que lo he convencido, a usted, me refiero. ¿Qué podría hacer a partir de ahora para mejorar su analfabetismo digital? Pues lo primero es aprender a programar. Ojo, no se tome esto como solemos tomarnos todos los propósitos de año nuevo, esos que juramos en enero y abandonamos en febrero. Aprender a andar en bici no se hace para ser Induráin. Hacer algo de ejercicio no tiene que convertirnos en atletas. Mejorar nuestro conocimiento de un idioma no exige que seamos literatos. Y aprender a programar no es sinónimo de convertirnos en el creador del nuevo Windows.


Sentir la inquietud de la ignorancia, la propia y la ajena,
es el primer paso para erradicarla


Se trata de adquirir una destreza, ni más ni menos. Y hay miles de caminos sencillísimos en Internet para ir probando. El primero, La hora del código, una iniciativa mundial, que apoyaron públicamente personalidades como Obama, y que nos invita a programar durante una hora. Luego hay programas como Scratch, creado por el MIT, pensados para que los niños (y los no tan niños) aprendan a programar. Y la vertiente más lúdica es animarse a crear su propio videojuego. Tiene ejemplos tan sencillos como Mario Maker si quiere optar por la simplicidad suma o lenguajes de programación pensados para legos en el tema como Stencyl.

El resumen es: no hay excusas. Y le va la vida, la suya y la de los suyos, en no quedarse fuera del carro. Ser analfabeto digital es condenarse a medio-largo plazo. Pero siempre hay tiempo de enmendarse.